29 de octubre de 2013


Hay que ser muy valiente para vivir con miedo.
Contra lo que se cree comúnmente, 
no es siempre el miedo asunto de cobardes.
Para vivir muerto de miedo, 
hace falta, en efecto, muchísimo valor

Ángel González







19 de octubre de 2013

No me salves.

'Necesitan la felicidad para ser felices, 
por eso no lo son.'


18 de octubre de 2013


ya comprendo la verdad

estalla en mis deseos

y mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios

ya comprendo la verdad

ahora
a buscar la vida

Alejandra Pizarnik


de domingos eternos y otras desdichas

las paredes tan sucias y tan viejas, 
el suelo y el colchón chirriante,
esa música ensordecedora
que traspasaba las paredes
y se colaba en nuestra cama.
estuvimos así, quietos y en silencio,
cada uno mirando hacia su lado de la cama,
escuchando el espantoso sonido
que venía de la habitación de al lado.

sabía que estabas despierto.
los silencios se atropellaban unos a otros,
sentía tu respiración en mi costado,
tus suspiros helados arañando mi nuca
en un intento casi inhumano de materializar,
en algo terriblemente denso,
el aire comprimido
que generaban tus pulmones para,
arrojarlo ferozmente a mi cuerpo indefenso.

me di la vuelta para que sintieras
aún más mi presencia
en ese insomnio permanente
en el que habitaba la noche y la vida,
mi existencia reducida
a una habitación
con paredes desgastadas y deprimidas
por la falta de una ventana,
siempre la falta de ventanas,
esas rectangularidades que precipitan
 la caída en la huida.

intenté en vano, deslizar mi pie derecho
para rozar tu pie izquierdo,
someterme al arduo trabajo
de llamar tu atención sin que se me notase
desesperada y perdida.

la mayoría de las veces,
no hace falta empezar ni acabar nada,
porque todo está dicho ya,
pero joder mírame, pensé
échame de esta cama,
de esta puta casa que no he sabido limpiar,
maldice mis libros y esos discos mediocres,
pero deja de respirarme en la  puta nuca,
la desdicha es una muerte tan lenta.
quiero volver,
se que alguna vez he estado allí,
jugando a rayuelas con los niños del pueblo,
acompañando al abuelo a pescar truchas en el río,
cortando el pelo a mamá mientras dormía la siesta.

se que alguna vez he estado,
pero no recuerdo cómo se llega,
no recuerdo si la casa se quemó,
y ahora sólo quedan matojos secos
y flores marchitas.

*
Tengo miedo de volver, y no reconocer a nadie, que el lugar haya cambiado, y los de siempre se hayan ido. A veces pienso, que no hay lugar más triste que el que nos olvida. El maravilloso lugar del que huimos con el coche viejo de papá por carreteras secundarias, pensando que el mar estaría cerca, un lugar bonito donde tumbarnos al sol el resto de nuestra vida. El mar, escribo, ese escondite que no encontramos ni nos encuentra, el lugar perfecto donde puede habitar alguien que siempre tuvo miedo a nadar, el paraíso azul infinito, el infierno que ahoga a los sumergidos, y ennoblece a las criaturas marinas, el espacio líquido que nos separa de la isla perdida y la felicidad náufraga. Quizás ese lugar no exista y sea un refugio, el anhelo perdido en alas rotas que buscan el mar y se rompen antes de olerlo. Aún no has llegado, y...yo te espero.



*
Cuando escribo, hay un espejo sucio mirándome de cerca. Yo nunca quise esa suciedad, el polvo acariciando el cristal como en un acto de amor, para que mis ojos parezcan los más tristes de la ciudad. Mamá intentó limpiarlo una vez, quedó tan bonito, que parecía un espejo nuevo, brillante y luminoso como esas mañanas de primavera que salía con el abuelo a mirar las formas de las nubes. Luego empecé a escribir un poema de invierno, uno de esos poemas que mis manos sólo podían escribir, de los que nadie lee en alto porque a la gente le asustan, y el espejo se llenó otra vez de polvo y contagió a toda la habitación. Pensé que tendría que aprender a vivir en esa suciedad metafísica que sólo aparecía en el espejo cuando me miraba, pensé que a mamá no tenía por qué contárselo y así no se preocuparía limpiando el cristal cada dos por tres inútilmente. Cuando me cansara de tanta suciedad solo tenía que tirarlo a la basura, aunque entonces también tendría que arrojar todas las hojas en blanco que uso para recordar, y entonces sólo abrazaría a la muerte, la que no es literaria y te deja tendido en el subsuelo de gusanos y reptiles hambrientos.



*
El día que cumplí veinte años quise llorar. Que raro, pensaréis, la muchacha triste llorando una vez más. Y tenéis razón. Puede que no tuviese sentido todo aquello. Pregunté a los mayores de la casa si se acordaban de cómo cumplieron los veinte, y me miraron perdidos y desorientados. Creo que pensé, que la esperanza es un recuerdo que no muere, y que todos ellos ya estaban muertos, pero me callé, no lo iban a entender y me iba a meter en un lío. De qué sirven los veinte años si tampoco ahora vendrá nadie a rescatarme. Si tampoco ahora volveré al lugar soñado.



quiero volver, 
se que alguna vez he estado allí,
mirando a la abuela coser un vestido de flores, 
leyendo en la cocina una carta llegada de lejos,
contando gatos en la callejuela del bar.

se que alguna vez he estado,
pero no recuerdo como se llega,
no recuerdo si la casa se quemó,
o la quemamos entre todos, 
para que se pudriesen los recuerdos.

12 de octubre de 2013

No tengo nada que escribir. Me encierro en mi cuarto y bailo melodías tristes. Lloro, veo películas estúpidas y fotografío manos en el metro. Todo es como a los trece pero con más tetas y menos sueños. No tengo nada que escribir, y joder qué hago escribiendo. En la radio suena un canción jodidamente deprimente. A veces la ansiedad no me deja mirarme al espejo, y me escondo debajo de las sábanas con los estúpidos juegos de respiración que te enseñan esas mierdas de la autoayuda. Quiero llamarte y que follemos despacio, tan despacio que tu respiración sea un canto de sirenas en esta soledad infinita. Que pueda tocarla, que me vibren las manos con tu susurro ardiente. Joder ya ha aparecido el puto sujeto. Es inútil, no puedo escribir nada sin que aparezcas por alguna parte. El que dijo que los veinte años servían para algo, estaba equivocado. El infierno es esta juventud decadente y sucia que me asfixia hasta la muerte. Es patético gritar auxilio en una habitación sin ventanas. Joder lámeme el coño esta noche. No me dejes mendigar con faldas cortas en garitos de mierda. No me dejes hacerles las mismas preguntas estúpidas a todos esos gilipollas que esperan al fin de semana para convertirse en algo. Y qué len den al existencialismo. Pero qué mierda estoy escribiendo, no me hagas caso. Si alguna vez te hubiese importado ya habrías leído todo esto en mis ojos. La poesía es una mierda que te convierte en alguien con un futuro inexistente. Garbaje punk. Malditos chicos que gritan con rabia y que se esconden de la poli los jueves por la noche. Que os jodan. Que me jodan. No tengo nada que escribir. 



('Nunca hagas fotos a gente de espaldas. Las espaldas no quieren decir nada, no expresan nada.')