30 de diciembre de 2012

estoy vacía 
y me alimento de vacío
 y escribo que estoy vacía
 y que me alimento de vacío
 y tú me leerás indiferente
 y me besarás lento la nuca,
 las manos,
 los labios, 
como si no importase,
 como si la vida
 fuese esa cosa horrible
 que se planea en los ascensores.

(si no me oyes es porque no tengo voz)

A veces volvía a ser piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad.
Ernesto Sábato, 'El túnel'.


Y aquí me tienes, escribiendo una carta de amor que nunca sabré escribir, porque para escribir una carta de amor hay que ser poeta y haber muerto de amor, o asesina y haber matado por amor, o Sábato que hizo las dos cosas y escribió algo siniestramente bello como el amor. Yo lo intento y dejo caer la palabra amor como si mis manos supiesen qué hay en el fondo, como si la página en blanco no se volviese gris cuando alguien lapida una palabra pura. Yo lo intento y me quedo toda la noche despierta, escuchando como la lluvia no se asoma hoy por mi alféizar, como el frío acobarda a mi ventana, como el sueño intenta desesperado encontrarse con un techo desnudo que le arrope y le bese, en las sábanas y en los miedos. Pero yo quería escribir una carta de amor, me digo, una de esas que te hacen salir de casa corriendo y en pijama, saltar por las escaleras y por las aceras, meterte al cine más próximo y besar a la chica de la última fila que, seguramente anote en su cuaderno lo que escribirá por las paredes y en las calles, en un intento desesperado de creer en el amor. Pero yo quería escribir una carta de amor, escribo, y que me leyeses allí donde aún no te has encontrado, descalzo y menudo, sin salvavidas ni artificios y que me mirases de lejos, y besaras un poco esa palabra que escribí cuando aún quedaba tiempo, y la besaras nervioso y tiritando, inventando un mapa de auxilio hacia mis silencios. Y yo quería escribir una carta de amor, pero un poco porque te escondieses ahí donde sólo yo sabía encontrarte, donde sólo yo veía un escondite, y nos quedásemos allí a salvarnos un rato de la ciudad donde la vida se planea en un ascensor que nunca se abre. Y aquí estoy, amor mío, escribiendo una carta de amor que no es de amor ni es de nada, porque aún me quedan noches y soledades, y porque para escribir de amor hace falta haberse muerto muchas veces mucho, que decía el poeta. Y aquí estoy, intentando que nos desnudemos un poco, por ti y por mi, porque esto puede ser un abrazo o una caricia en la espalda, porque hasta puede ser un puente y una llave. Y aquí estoy, te digo, pensando cómo será eso de escribir una carta de amor, y muriéndome de ganas de hacerlo, de que nos hayamos buscado tanto que el dolor sea esta casa que habito, y la muerte esta espera en que no vivo. Lo que te quiero decir, amor, es que aún te espero, aunque no corra ni grite, ni llore ni pronuncie tu nombre desesperada, lo que que te quiero decir es que aún creo, aunque no sepa escribir una carta de amor.
Quería escribir una carta de amor 
y dibujé una cicatriz
 en tu espalda.

Quería volar a un país lejano
 y me perdí con la bicicleta
de mi infancia.

Quería volver, correr, huir
y me abracé a su ausencia 
en tus ojos
y me desnudé para su lengua
en tus sabanas
y te besé
y te quise
y te maté
en su recuerdo.

29 de diciembre de 2012

La soledad nació del poema, o era al revés.

Habría que estar siempre en contra,
incendiando aeropuertos 
y estaciones,
destruyendo los semáforos 
y las farolas, 
atropellando 
a todos esos muertos,
esos siniestros cuerpos
que se arrastran por las ciudades
y las tardes,
con un reloj de muñeca
y un mentira en el bolsillo. 

Habría que estar en contra, 
y quemar todas las páginas 
con nombre inútiles 
que yacen en los diccionarios, 
todos los poemas de amor 
que nunca hablan de amor,
lo artificioso de una soledad 
justificada en ascensores.

Habría que desnudarse 
mientras subes corriendo 
por las escaleras,
tatuarse un poema 
en el pecho izquierdo, 
besar la lluvia 
y abrazar sus manos 
en un intento en vano 
de abrazar al silencio, 
bendecirlo
 en un ritual literario
que santifique las palabras,
y les devuelva 
su divinidad perdida. 

Habría que dibujar 
suspiros en su nuca, 
adormecer la piel fatigada
 de distancias 
y muertes, 
acariciar en un susurro leve 
el alma indefensa 
de quien se ha pasado 
la vida duermiendo
sin nanas y sin cuentos, 
sin pies enredando
los anhelos dormidos 
de ese niño 
al que le habían robado 
los sueños.

15 de diciembre de 2012

leer poesía es un acto de amor, escribir poesía es vencer a la muerte.

Que existas te grito.
Que dejes de esconderte entre estas sábanas que maldicen mi insomnio,
esta luz fosforescente arañando mi piel desnuda,
  estas paredes que se alimentan de las cucarachas que las habitan. 

Que existas, te imploro. 
Que renazcas con la solapa del libro golpeando la última página, 
el verso herido e hiriente abrazando mi sexo inerte,
el anti-héroe sentimental y decadente
negando el amor en una renuncia desesperada.

Que existas, te susurro.
 Que vuelvas al lugar al que nunca has venido, 
del que no sabes nada y nada te pertenece
 y decidas quedarte y morirte, y salvarte y rendirte 
para que al fin, la ausencia sea caricia, 
y el dolor, venganza contra la muerte.

4 de diciembre de 2012

el amor es un poema de amor que en realidad es de pena que en realidad es de huida que en realidad es

que alguien venga.
que llame a mi puerta

despacio,
y me lance una carta fingida por debajo,
   ese diminuto espacio entre el silencio
                                           y el miedo.

que alguien escriba conmigo cartas suicidas por las paredes,
y dibuje en el techo un infierno bonito
de dioses inexistentes
    y

             poetas
                       trágicos.

que alguien me arrope las lágrimas con sus manos sórdidas,
que me tape los ojos y me lleve a ninguna parte,
una estación vieja o un colchón roto donde contemos

las estrellas
                              que han


                                                                      huido.

que lo haga sin que se lo pida,
que me despierte una noche y me lleve en brazos
hasta el lugar donde soñar no es un verbo que llora.
y, luego adormecidos, me diga que estamos

        muertos
                    y
                       ciegos, borrachos y tristes
y solos, sobretodo solos
y yo pregunte, con los ojos cerrados en las manos
si ese alguien al que no me atrevo a llamar
eres
                           

                          tú



el que aparecía en mis pesadillas a los trece
y me salvaba de la inundación, pero no del incendio
el que me sopló en las manos a los quince
y me perdió un deseo para siempre
la voz de la cabina telefónica
que pasó a susurrarme en la cama
poemas que
                  me
                        recordaban

a lo que ellos decían
y que, nunca creí,
que era el

a
   m
       o
           r


(si escribes amor en un poema
suben las ventas)

2 de diciembre de 2012

El infierno del cielo en un espejo.

Era bonito vernos reflejados en el espejo de mi habitación. No se cómo se me ocurrió poner el espejo justo enfrente de la cama, pero después de verte apoyado sobre mi hombro, y descubrirme a mí, sujetando un libro dormido entre mis senos, pensé que era la mejor idea que había tenido nunca. Te sonreí a través del espejo, para no tener que girarme y eliminar ese encuadre poético de mis piernas escondidas tras las sábanas, el ombligo escéptico vislumbrando antropocéntrico toda la estancia, mis manos apoyadas en el respaldo de la cama para así mis senos aparecer esculturalmente redondos y bellos. Me gustaba ese cuadro que nos dibujaba hacia esa dimensión oculta del reflejo, como tu cabeza apoyada sobre mí, te sugería una fragilidad deliciosa, el hombre refugiado en el calor de una piel suave, la huida hacia la feminidad. Tú ya te habías dormido y yo todavía seguía ahí, inmóvil frente a la visión de mi vida que me devolvía el espejo, una especie de tiempo muerto o éxodo estático, desde donde nadie podía obligarme a regresar a ninguna parte. Pensé que aceptaba vivir si era para permanecer en esa armonía hasta el fin de mis días, para olvidarme del tiempo y sus renuncias, del dolor y las desdichas, los gritos, los portazos, el sonido aterrador de la alarma y el teléfono sonando, toda esa inutilidad irremediable que sólo servía para arrodillarnos, y acabar con heridas que no dejaban de sangrar aún con tiritas. Me alegré de haber bajado tanto las persianas, que parecía que había una pared grisácea en las ventanas, o mejor aún, un muro de hormigón aislándonos y alejándonos de ahí afuera, un lugar desde donde nunca se podría adivinar el inicio de un nuevo día. También me alegré de haberme olvidado el reloj en el lavabo del baño la noche anterior, para así hacer más real mi visión de una existencia atemporal y mística, un universo que tomaba lugar en mi cama, y que estaba regido por sus propias leyes y su propio infierno. Sería bonito escribir un libro de este momento, me dije, un libro onírico y dadaísta, una perturbadora historia sobre la felicidad asfixiante de mirar al cielo y darte cuenta de que las nubes no existen, que en su lugar sólo hay poesía del cosmos y la nada, goteras deslizándose indecisas por las paredes de la estancia y de tu cuerpo. Al fin, me cansé de escribirme a través del espejo, de reconocerme viva en ese universo paralelo, y temerosa de haber muerto en el otro al cual tú pertenecías, me giré hacia esa caricia cutánea que era tu rostro dormido. Te susurré en la boca, en los párpados, en tu pequeña nariz de gorrión, en toda esa franja que aleja las pupilas de los pezones. Te escribí con mi lengua caliente en el cuello y en la oreja, hasta que al fin te despertaste sonriéndome, esta vez a mí, y no a lo que éramos en el espejo. Desde esa distancia podía tocar tu sonrisa, sonreír con ella, someterme al embrujo ciego de tus labios creando rendijas donde esconderme, pero no podía crear universos sin espacios ni tiempos, no podía devolverme a mis sueños de atemporalidad y belleza utópica, no podía olvidarme del reloj y la sangre, las horas y la tristeza de subir las persianas. Me volví a girar hacia nuestro reflejo inmortal, buscando una respuesta o una salida valiente, pero esta vez a ti no se te veía, te habías girado y ya sólo me dabas la espalda.

1 de diciembre de 2012

Los diarios se escriben a las tres de la madrugada.

Dejaste de oírme y colgaste. Me mandaste un mensaje minutos después, diciendo que la conexión telefónica iba fatal y que ya me llamarías mañana con más tranquilidad. Yo indignada, pensé en contestarte que no hacía falta que me llamases nunca más, que entraras en ese concierto malo de jazz contempóraneo y conocieras a una chica con un vestido sugerentemente corto que te contara las películas que veía los domingos por la tarde. Estaba enfadada, irritada, mi madre gritaba colérica desde la cocina, la televisión chillaba obstinada en que me refugiara en ella, los vecinos de arriba no dejaban de mover muebles desde la noche anterior y para colmo, se me había caído la coca-cola en la última novela de Franzen que me estaba leyendo. Me acordé de los 'el colegio es una mierda' que escribía en la puerta de los baños de mi escuela, y pensé en volver a mis instintos más primarios, y lanzarme a la calle a escribir 'la vida es una mierda' por toda la ciudad. La frase no era compleja ni admitía críticas literarias pero al fin, los pensamientos más reales suelen ser simples y directos. No conozco a nadie que tras sufrir una derrota sentimental, piense inmediatamente en la dostovieskiana frase de 'es al separarse cuando se siente y se comprende la fuerza con que se ama'. Estaba decidida a no volver a hablarte nunca más, a escribir un libro sobre mi desdichada vida sentimental, a conocer a un desconocido solo para poder llorarle sin fisuras y contarle que toda mi vida habían sido grietas que, en vez de unirlas, yo intentaba romper para lamer la sangre de la que hablaban mis escritores favoritos. Pero mi vida no era más que una mala novela de aeropuerto, como la historia de Odile y Franz que tanto me gustaba ver en la adolescencia. No era más que una mala novela, corta y triste, mala y rota, corta y vacía y triste y estúpida como todos estos textos que escribía para que alguien me leyese y me quisiese un poco desde lejos, desde el desconocimiento más profundo de mi nombre, desde la caricia más suave a mis sueños. Al fin y al cabo, yo era otra más de esas chicas que sólo buscan que las quieran terrible y trágicamente y sólo la literatura podía hacer algo así (afortunadamente incluso la mala literatura). Pensé que podría llover un poco para acompañarme, o que el vecino de al lado podría poner una de esas canciones francesas suyas que ponía cada noche y que tanto me gustaba escuchar pegada a la pared. En en fondo, me gustaba ese tipo, era misterioso y distante cuando nos cruzábamos en el ascensor, pero por las noches, me parecía tierno y cándido escuchando esas canciones francesas que sonaban a otra época. Seguramente sería de esos, que leían a Alice Munro en la cama, mientras cocinan, en el metro y hasta mientras follan con cualquier chica de bar de alterne (porque, y de eso, estaba muy segura, mi enigmático vecino no vivía con ninguna chica y no tenía ojos de estar enamorado). Al pensar en las canciones del vecino, empecé a hacer una comparación mental entre el vecino y tú, y caí en la cuenta de que, sólo por escuchar esas canciones de madrugada y poseer unos ojos tan tristes, él era mucho más adecuado para estar con alguien como yo que tu alegre capacidad de estar impresionado con cualquier banalidad artística. Al fin y al cabo, nunca podría llamarte más tarde de medianoche porque siempre te dormías antes, tampoco podría discutir contigo sobre mi embrutecido mundo literario que quería recomponer con obras de calidad, y ni siquiera me ibas a hacer el más mínimo caso si te dijese de repente, que por qué no nos íbamos a bailar a cualquier discoteca de Berlín, que había encontrado unos magníficos precios en un vuelo que salía a la una de la madrugada justo a tiempo para empezar una noche onírica en una ciudad desconocida. Me alegraba leer que había escritores que definían a chicas como yo como 'deliciosamente infelices'. Sabía perfectamente que era imposible y contradictorio una infelicidad deliciosa, al menos para quién la sufre, pero cómo no acabar sumergiéndome en el encanto de la literatura si podía hacer de la tristeza algo hermoso, de mis lágrimas algo por lo que llorar. Me pasé toda la noche debatiendo conmigo misma que tipo de amor nos mantenía unidos. Escribí, como ya lo había hecho muchas veces antes, que el amor no existía, o que al menos en mí siempre se acaba convirtiendo en  una farsa, algo completamente dañino por mentira, mentira por inexistente. ¿Qué podía hacer yo si estaba condenada al fracaso?, ¿qué iba a hacer tan triste y abatida de una vida que aún no había brotado?. Me imaginé a mi misma, golpeando la puerta del vecino, esperando nerviosa en el rellano hasta que me abriese un hombre con sombrero y un libro empolvado entre las manos, y me invitase a pasar sin preguntas. Nos imaginé sumergidos en una conversación temblorosamente bella sobre quiénes éramos y quiénes eran nuestras desdichas (si es que éstas tenían nombre), bebiendo whisky barato en cristal de bohemia y mirándonos entre silencios fílmicos espantosamente románticos. Imaginé un beso lento y embriagado de tanto whisky y tanta calma, una desnudez tibia y literaria entre dos cuerpos que se reconocen en la noche, unas sábanas rotas y una música llorosa. Esperé desesperada, que al fin te arrepienteses de haber ido a ese aburrido concierto de jazz, y me llamases entristecido por lo tonto que habías sido al no invitarme al cine esa noche. Que me dijeses algo hermoso, y me recitaras un poema de amor de Borges entre caricias telefónicas. Esperé al fin, rendirme a la palabra amor aunque no supiese muy bien lo que significaba, pero tú no me llamaste y me dejaste imaginando con qué suavidad tocaría el vecino mis senos.