29 de noviembre de 2012

El amor es una estación de tren, y la vida un tren que se para en su destino.

No me reconociste del todo, cuando me viste en la estación después de dos años de ausencia. Supongo que pensaste que estaba mucho más delgada y ojerosa, que ese vestido negro me hacía una persona más trágica de lo que ya era y que, definitivamente, con el pelo recogido en un moño mal hecho parecía mucho más vieja e irritable. Me sonreíste desde la ventanilla del tren antes de que se abrieran las puertas y dudaras si darme dos besos en la mejilla y un abrazo frío por tanta distancia, era la mejor opción para reafirmar, como ya lo habías hecho años atrás, que nuestra relación era la más profunda que habías tenido con alguien nunca. Era extraño estar esperando al hombre con el que compartí los duros y bonitos años de pasar de la adolescencia a alguien que no sabes muy bien quién es y que, además había perdido todo contacto desde los últimos noviembres. Era extraño, pensé, volver a reconocer al hombre con el que había aprendido a amar, al primero con el que aparté mi vergüenza de leer mis estúpidos poemas tristes en la cama después de hacer el amor, al primero al que irrité hasta hacerle perder los estribos con mis conversaciones narcisistas y absolutamente ególatras sobre la decadencia del mundo, literario, social, pero sobretodo espiritual para hacerme pasar por una chica interesante que se preocupaba por los problemas de un siglo demasiado ensimismado como para preocuparse de mi desdichada adolescencia. Estoy segura que en esas conversaciones telefónicas de madrugada te morías de ganas por encontrar algún estribo de sexualidad en mis palabras, no un sexo telefónico explícito que siempre habíamos criticado, sino algo con un poco más de 'estilo' pero que no evitara que tu miembro alcanzase vida y forma propias. No podía negarlo, pero que me hubieses llamado a mi casa tras estos dos años en los que te imaginé muerto, enamorado de una escritora famosilla, o vagabundeando en alguna ciudad pequeña donde nadie te conociese, me había hecho tanta ilusión que al colgarte tuve un terrible deseo de sacar la caja donde guardaba nuestras cartas y reelerlas todas una y otra vez. Era bonito sentir esa nostalgia al recordar a esa chica impertinente y resabida que las leyó por primera vez, la que te respondía señalando antes que nada las faltas ortográficas que habías cometido en tu escrito y te recomendaba impetuosamente que te leyeras esos libros pseudointelectuales para que pudiésemos discutir sobre ellos cada domingo. Me daba miedo que de aquella chica de la que te enamoraste ya no quedase nada, que te aburrieses de esa historia sin contenido ni propósito que era ahora mi vida y te acabaras compadeciendo de lo amargos que estaban siendo estos años para una chica que había tenido tantas expectativas a los dieciocho. Supongo que en el fondo, seguía enamorada de ti, aunque no lo hubiese creído nunca, ni siquiera cuando estaba contigo y te quería más que a nadie en este mundo. Quizás mis negaciones a creer en el amor verdadero no fuesen más que simples nos rotundos a alcanzar una felicidad plena de una forma tan simple y descarada como emocionarme al verte sonreírme desde lejos o leyendo versos tan bonitos como aquellos que me enviabas. Era estúpido que una chica que se había sentido tan sola durante los primeros años de adolescencia no pareciera experimentar una absoluta convicción de que el amor era lo único que nos podría salvar de un mundo tan artificial y nauseabundo que me había hecho llorar cada noche desde los once años. Sin embargo durante toda nuestra relación, me había sentido con una especie de dominio, o poder sobre tus sentimientos, y eso, por primera vez en mi vida me devolvía una seguridad en mi misma de la que ni yo misma me creía capaz. Suena pretencioso pero me creía superior a ti, o al menos, alguien mejor para llevar una conversación interesante sobre cualquier tema de actualidad. Te hablaba de la asquerosa predominancia de EE.UU frente al mundo, de ese infierno terrenal que estaba siendo la Postmodernidad, de lo terrible que me parecía la relación de absoluta adicción y necesidad a todo ese mundo necio y trivial al que nos estábamos sometiendo con las nuevas tecnologías. Te sentía respirar, seguramente escuchando mi discurso preconcebido tumbado en la cama imaginando mi cuerpo desnudo junto al tuyo, pensando que mis labios eran los más finos y delicados que habías visto en tu vida y que mis pechos tenían la redondez perfecta que siempre habías buscado. Seguramente desearas que dejase de hablar, que sólo respirase o lanzase una risa nerviosa de chica enamorada, que te dijese que por favor, vinieses a mi casa el fin de semana porque me daba miedo estar sola y quería pasarme los días encerrada en mi habitación contigo. Pero tú que eras mucho más complaciente y admirable que yo, escuchabas heroicamente mis discursos de chica que alardeaba de ver documentales de la BBC y de escuchar jazz americano puro de los sesenta, y afirmabas todo cuanto decía para acabar alagándome con todo eso que a todo el mundo le gusta escuchar, 'eres la persona más interesante que conozco', 'qué suerte tengo de que alguien como tú esté conmigo' o 'me encanta escucharte y que me cuentes todas esas preocupaciones tuyas, me haces mejor persona, gracias por existir mi amor'. Realmente mi gran ego necesitaba escuchar todas esas frases agradecidas que me dedicabas para convencerme de que no estaba equivocada y que no sólo podía ser alguien que valiese la pena sino que para una persona en el mundo yo era algo más que eso, era su persona favorita y podía cumplir todos mis sueños y expectativas vitales, porque alguien me iba a animar a ello. Por eso, aquel noviembre en que decidiste que lo mejor era que no nos volviésemos a ver no pude creerte. Tú estabas profundamente enamorado de mi, admirabas mi forma de pensar y ser frente al mundo, estabas orgulloso que una persona que había leído 'Anna Karénina' a los dieciséis te hablase del gran parecido que tenías con ese Vronski del que apenas sabías nada. Creí que te arrepentirías a la semana y volverías a llamarme para pedirme disculpas como otras veces había pasado, y yo, encantada, te perdonaría y volveríamos a la absurda relación casi fraternal que tú me inspirabas. Aún hoy, me recuerdo como una niña caprichosa e insolente que creía que el amor era una especie de batalla dialéctica y cultural y que sólo existe en cuanto quien gane esa batalla someta al otro. Era estúpida, esa necesidad constante que tenía de parecer siempre mejor persona y más instruida que tú, aún sabiendo desde siempre, que mi actitud no era más que un alarde adolescente tardío de parecer que era quién siempre había querido ser. Por eso, aún dos años después de nuestra última conversación en la que yo merecidamente me quedé llorando sola en un banco mientras llovía y mis labios no dejaban de temblar, sentí la absoluta necesidad de verte, de pedirte perdón,  de besarte en cada centímetro de tu piel, volver a pedirte perdón, hablarte del daño que tu ausencia me había hecho cada día que no estabas, y suplicarte que te casases conmigo en mi habitación esa misma noche o mañana por la mañana en una parroquia feucha con un párraco que tartamudeara y nos mirara como si fuésemos el enemigo, pero que por favor te quedases conmigo, en mi cama, en mi cocina, viendo cualquier película de Fellini en mi salón los lunes por la noche, pero que no te fueras de mi vida, que no me dejases esperando toda una vida a que volvieses otra vez a la ciudad, o esperando una llamada tuya contándome lo feliz que eras con tu nuevo trabajo y lo preciosa que era la chica con la que estabas empezando a salir. Así que cuando te vi salir de ese tren y dirigirte hacia mi con los ojos vidriosos de emoción, sentí que el amor era eso, eso que yo siempre había dicho y que leí en algún libro de no se quien, el amor es siempre ver volver, el amor es que llegues a ese punto en que estás terriblemente segura de que en tu vida sólo llegarás a ser mediocremente feliz, y, de repente en una estación de tren todo vuelva a tener sentido, la vida, el amor, los sueños, una casa común, un coche compartido, una boda que siempre detestaste y hasta el capitalismo. 

27 de noviembre de 2012

Invítame a salir.

Tu voz se entrecortaba al otro lado del hilo telefónico, mientras yo, desnuda en la alfombra de mi habitación, pintaba con retulador frases estúpidas en donde sólo había polvo. A los quince segundos de oírte llorar, dejé de escucharte y empecé a hablar con el techo de todas esas miles de millones de personas, que en ese mismo instante estarían pensado que la vida es una maldita y jodida mierda que no sirve para nada, más que para vivir como estúpidos. Pensé que estaría bien conocerlos a todos, invitarlos a casa, y entre botellas de ron y conversaciones de literatos suicidas exponer nuestra asquerosa visión del mundo y sus derivados. Seguramente, me acabara enamorando de alguno de ellos, quién sabe, quizá un poeta o un músico perdido al que jamás se le ocurriese acabar llorando por teléfono sin antes correr hasta mi casa para que llorasemos juntos tendidos en la terraza de la cocina. Tú no parabas de gimotear palabras inaudibles, llorabas como un niño caprichoso que acaba de tirar su chupachups al suelo y quiere otro inmediatamente. Era asqueroso, pensar que en alguna parte de esta ciudad, habría alguien moqueando a un teléfono, como si la muerte estuviese tan lejana que las caricias fuesen secundarias. Me precipité reptando hasta el radio cassete y puse a alguno de esos grupos punks británicos de los ochenta que tanto odiabas. Siempre me hacían sentir bien. Bailé desnuda enfrente del espejo e imaginé que detrás de él, me esperaba mi verdadera vida, la que no me había atrevido a vivir, alguien susurrándome en la espalda y acariciándome el pelo. Qué idiota parecía encarcelada a ese cable telefónico enrollado en mis caderas, era estúpido destruir una noche hablando con un aparato idiota que tartamudeaba. Arrojé el teléfono contra el espejo, en un intento funesto de conocerme. Quién sabe si en la zona de congelados, detrás del cristal del autobús, entre el pasillo F de la biblioteca, o en un banco de Lavapiés. Todas las poetas que leía habían sido salvadas y escribían poemas de servilletas de bar. Yo sólo había querido que la chica que con trece años se encerró en el baño para escribir 'Felices los que eligen, los que aceptan ser elegidos', alguien le golpeara la puerta y la invitase a salir. A ellas las invitaban a salir. Quizás alguien podía llamar al telefonillo, al timbre y a mis sueños. Alguien podía escribir en la pared de mi cuarto 'Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo'. Ellas decían que el amor sólo puede existir entre poetas y yo imaginaba a un poeta pesimista buscando estrellas en el cielo de mi terraza. Aunque no existiesen, aunque nada existiese.

25 de noviembre de 2012

(ellas son) La lírica subterránea de las cañerías interiores.

Ellas son poetas y escriben sobre la muerte (o sobre la petite mort que no es amor ni es nada). Tienen rostro de poetas, ojos grandes, labios finos y escriben preguntas retóricas en los espejos de los baños públicos. Desde mi ventana, las veo todas las tardes en el banco del parque. Parecen tristes y desdichadas, pero en primavera inaguran los vestidos de flores para que, sin que nadie se de cuenta, el niño del columpio pueda vislumbrar sus bragas. Siempre me han gustado las manos de las poetas, tan frágiles y puras, que se diría que ellas no existen, que son sus manos las que tienen rostro, corazón e incluso alma (sobretodo alma). Aunque de esto último, no estoy muy segura. El cartero dice, que el alma de las poetas está en su coño, que es su coño quién llora, y quién escribe poemas de amor en la madrugada. Me parece lógico que sea así, al final y al cabo el siglo de los románticos ha muerto, y ahora el agua viene por cañerías. También dice que por eso sangran todas esas tristezas una vez al mes, que no es más que un mecanismo de purificación al que son sometidas todas las mujeres por riesgo de ahogamieto o muerte por aplastamiento. Pero quién sabe, no creo que el cartero se haya aventurado a besar el coño de una de esas jovencitas que leían a Poe antes de que sus rodillas sangrasen por culpa de la primera bici que tuvo el abuelo de niño. Me gusta verlas llegar al banco del parque desde la lejanía poética de una habitación de un cuarto piso que sólo huele a libros usados de la biblioteca. O que ni siquiera huele. Me gusta que me acaricien los senos, cuando las veo escribir en una pequeño cuaderno con algo ilustrado, quizá  pájaros o flores. A veces, imagino que escriben sobre mis sueños. O que me toman como la protagonista de algún poema suicida, en donde una pobre chica con miedo a volar salta por la ventana y cae al árbol del parque. No sé, supongo que es bonito pensar que una de esas chicas tan bellas pudiesen escribir sobre alguien tan miserable como yo. Me da miedo pensar que un día, en un alarde ilusorio de buscar una utopía, miren al cielo y se encuentren con los ojos de una pequeña vouyeour que se sabe sus lunares de memoria. No me gustaría que no volviesen nunca más, con sus faldas de seda y sus jerseys de lana, con sus zapatitos de lazo y sus calcetines de colores. Puede que ellas no lo sepan, pero me miran sin verme, y yo, a escondidas, lloro por sus manos. Al fin y al cabo, ellas son  mis poetas y me escriben sobre la vida (o sobre la petite mort que sobretodo es amor) para que no acabe tirándome por la ventana desde esta habitación tan oscura.

22 de noviembre de 2012

'The past is now part of my future'.

No eran ni las ocho de la mañana y ya estaba puesto ese disco de los ochenta que tanto te gustaba a los dieciséis. No llovía, no fumábamos, no habíamos leído juntos poesía desde el septiembre pasado, cuando aún creíamos en algo. Te grité que subieras el volumen, que bailásemos en la terraza, que despertásemos a toda la ciudad. No me escuchaste, tus pupilas seguían encadenadas al tocadiscos que no había dejado de girar desde la noche anterior. Supongo que pedías auxilio a la canción que te salvó de una adolescencia muerta, supongo que esperabas que otra vez, te sacara de toda esa mierda, te azotara, te hiriese hasta que las pupilas aprendiesen a sangrar. Todo esto lo he vivido en alguna parte, pensé, tiene que ser la puta reencarnación, la jodida reencarnación budista y todo ese rollo de que la vida siempre comienza una y otra vez. Te había visto con la mirada perdida tantas veces cuando escuchábamos esa canción, que me parecía una especie de rito, una religión absurda a la que me tenía que aferrar mientras necesitase tus abrazos de madrugada. Me acerqué a tus labios y te tararee el estribillo con ese inglés madrileño que se enseña en los colegios de monjas, 'heart and soul, one will burn' te susurré una y otra vez, 'heart and soul, one will burn' esperando, desesperada, que uno de los dos muriese con la canción. Con el último golpe de la batería, te levantaste y cogiste la botella de vozka que rodaba por el suelo. Me fijé en tus manos, siempre tuviste unas manos bonitas. Me gustaba que se te notasen las venas, tan azules y violetas como un atardecer asustado.Todo tú me parecías un atardecer asustado, uno de esos que implora la muerte de esa luz artificial que no le deja tener sentido y existir caótico. No se si era por la resaca, pero me pareció jodidamente bello pensar en tus manos como un atardecer, en el momento en que seguramente el batería se acababa de suicidar en cualquier barrio marginal de Manchester. El vídeo de la canción, debería haber sido de tus manos, con el espacio de fondo, con todo el puto sistema solar girando alrededor de esas manos frágiles que me habían sujetado del pelo para que no huyese antes de tiempo. Te miré. No te diste cuenta de que no hacía más que mirarte buscando una conversación ridícula sobre lo mucho que me hubiera gustado ir a un concierto de esos tipos o sobre lo guay que debería ser vivir en Manchester y regentar un local de música para gente tan perdida como nosotros. Supongo que te miraba de esa forma porque tenía miedo, miedo de que la vida no acabase nunca después de una canción tan jodidamente buena como aquella, miedo de que después de esa canción, una chica con las tetas pequeñas y el pelo lleno de vómito te pareciese una puta mierda, una más de todas esas chicas mediocres que van a los conciertos de sus grupos favoritos para colarse en los camerinos. La vida, pensé, tiene que ser otra cosa que buscar una mirada y encontrar sólo párpados morados hastiados, destrozados de tanta vida que no fue. O quizás no. Me bebí un trago de vozka e intenté dormir un rato.  A lo mejor, incluso acabara soñando con uno de esos amores que imaginaba mi ingenua adolescencia. 

19 de noviembre de 2012

No habíamos sobrevivido y ni siquiera nos habíamos dado cuenta. No hacíamos más que alejarnos cada noche de ese arsenal de recuerdos futuros que el amor se inventa para existir, escribiendo versos desde la desesperación de una habitación que no cesa de expandirse, el techo y el suelo formando los límites religiosos de un universo decadente y terrible. No habíamos sobrevivido y ni siquiera nos escribíamos cartas porque tampoco eso tenía sentido si el destinatario era el otro lado de la ciudad y tampoco podíamos gritarnos pidiéndonos auxilio porque nuestras ventanas no se reconocerían. Nos habíamos olvidado de las infinitas direcciones que hay para perderse, inventando escondites que olvidaran esa ruina que llega cuando amanece y, al final, acababa por darles la razón, imaginando que todo eso no sería más que literatura inútil para chicas que leen a Pizarnik buscando respuestas. Sólo me quedaba oírte llorar con interferencias a las tres de la mañana de un domingo cualquiera, desde la otra punta de la ciudad. No podía ya, acariciar tus lágrimas, suplicarte con mis ojos sangrando en tus entrañas que pararas de llorar, que me dejaras al menos, absorber ese mar que crecía desde tu tristeza para ahogarme en él, como la última forma bella de morir en este siglo de mierda, como la última forma de morir. Ni siquiera tenía sentido pedirte que huyeras de esa habitación con vistas a la mierda que arrojan tus vecinos, que cogieses cualquier autobús que fuese al centro y corrieses hasta mi casa, que sonrieras al verme esperando en el banco de enfrente con un cuaderno entre las manos y una maleta entre las piernas. No tenía sentido suplicarte un billete de ida para dos, una ciudad donde la lluvia no fuese un paraguas, y la cama una cárcel donde mueren los poetas, un lugar lejos dónde la muerte fuese un poema y no una interferencia telefónica, y la vida fuese la vida y no los sueños estériles de una muchacha que no duerme de madrugada. Pero nada tenía sentido porque quizás yo estuviese loca y no fuesen más que tonterías de una chica que lee a Wallace a las cuatro de la madrugada, justo después de colgarte, y piensa que la literatura siempre hace la muerte más bella. Quizás sólo me quedase la necesidad estúpida de inventar hipótesis descabelladas para salvarme un poco de la angustia de existir sabiendo que soñar con las nubes, no me convertiría en pájaro.Quizás sólo la decadencia inútil de sabernos condenados a este refugio de palabras sin sentido.

13 de noviembre de 2012

No me salves. Quiero escribir en el infierno.

Yo había dejado de interesarme por la vida. Había vaciado todos los armarios de una habitación en llamas.Había lanzado por la ventana todos los poemas que alguien escribió sin saber que yo los leería. Me había desnudado delante de un desconocido implorándole que me insultara.

Yo había dejado de interesarme por la vida y apenas había empezado a morir. Sólo veía mis manos sangrando, mi sexo tardío llorando, mis pupilas temblando como esos niños que empiezan a llorar desde lo negro del ojo cuando mamá está lejos. Sólo veía desde el espejo, la palabra muerte tatuada en mi cabeza rapada, esa muerte que no supe llorar por mi abuela, la misma que no sabré llorar por mi padre. 

La vida había sido un poema de madrugada, una tristeza mal contada, esa música que te imaginas sonando en algún tocadiscos de una habitación lejana.Y sin embargo, eso sólo era una gran cosa poética para enternecer nuestra existencia vacía, algo así como el ritual que decía Sartre que era el amor, después de todo hay que matar el tiempo.

Yo había dejado de interesarme por la vida y ni siquiera escribía ya que los veinte eran sólo para cobardes. Ya no entendía para qué el puente y la ventana, las cartas de despedida y la sangre en el papel, de qué servía una madre rezando cada noche la adolescencia muerta de su hija. La muerte en la muerta es sólo evidencia, escribí, la muerte en la viva sólo poesía inútil, pero dónde hay algo menos inútil que la poesía. 

Yo había dejado de interesarme por la vida y le vomité en la cara.Le imploré que no me salvara, que me dejara ahí tirada en plena calle, en ese infierno de frío y odio, de noches que no acaban y muerte que no llega. Cambiaba la vida por ese infierno si al menos en ese infierno me sentía existir. 

9 de noviembre de 2012

La muerte es una habitación sin goteras.

Quiero leer a Virginia Woolf esta noche. Que siga lloviendo y las gotas caigan desde mi techo. Quiero ahogarme en mi habitación, sentir la necesidad de salvarme, de nadar y nadar hasta que consiga un equilibrio  y no me importe pasarme la vida nadando. Quiero que llamen a la puerta. Morirme de miedo mientras oigo esos golpes suaves de alguien que me está buscando. Que entres, y me encierres en mi habitación para que no pueda escapar. Quiero que me tumbes en la cama, que cojas ese libro de mi estantería vieja y me leas susurrando cualquier fragmento de 'Diario de una escritora' hasta que me duerma. Quiero que me despiertes pidiendo que follemos, que follemos ahora que diluvia y nuestros gemidos acompañan las goteras, justo ahora que nuestros gemidos se han convertido en las goteras mismas. Quiero llorar implorando a una desconocida un abrazo. Comerme tu coño llorando y que empieces a quererme. El amor es algo así, dicen las chicas del barrio. Quiero que la lluvia no pare. Que mañana nos despertemos de esta orgía de palabras y siga lloviendo y llorando, y gimiendo y lloviendo y el metro sea un lugar un poco más viejo. Quiero recorrer las calles húmedas y volverme perversa. Subir al último piso de un bloque desconocido y pintar en el techo poesía de suicidas. Quiero la ciudad cuando llueve, correr por las avenidas evitando la multitud, mojarme las manos en el charco y pedirte que me escribas una palabra en la cara con el barro. Quiero estas calles que han retrocedido cincuenta años por la lluvia, estas calles repletas de señores con gabardina y sombrero, de niños con guantes y ojos tristes y señoras enfurecidas por la rotura de su paraguas. Quiero que me beses en la Gran Vía y que entremos a un cine perdido. Que me toques el culo antes de que la película haya empezado y sientas mi coño húmedo en el 'The end'. La poesía son estas bragas mojadas pidiendo auxilio. Quiero que volvamos a mi habitación. Que se haya inundado con nuestra ausencia. Que la vida sea nadar y nadar y nadar. Que las goteras nos ahogen y nosotras sigamos gimiendo como animales. Quiero que escuchemos música de otras épocas, la que escuchaba Virginia cuando tenía diecinueve. Quiero que me vuelvas a leer a la pobre Woolf. Que las paredes tiemblen por la humedad. Quiero enamorarme de la mujer que llenó sus bolsillos con piedras y se lanzó al río Ouse para ahogarse. Quiero verla a ella en tus ojos y morirme con ella, en una muerte entre páginas mojadas y esta cama triste.

7 de noviembre de 2012

Me desnudé en esa calle fría.
Nadie me vio sentarme en la acera, 
desabrocharme los zapatos,
arrojarlos a la acera de enfrente, 
para que se ensuciaran con el barro.

Hubiera sido tan fácil tentar a la suerte,
quedarme dormida en el asfalto
esperando un abrigo, una mano, unos ojos extraños.

Permanecí quieta en esa calle fría.
Aún no eran las tres y la ciudad ya estaba vacía, 
no había parado de llover en toda la noche,
la muerte y el viento balanceando a unas gotas 
que intentaban ahogar a una ciudad dormida.

Hubiera sido tan fácil implorar a la vida un final inminente,
 la poesía dulce y dolorida de una piel rosada y joven,
el secuestro a plena noche de una chica
 que lee a Sylvia Plath desnuda en un charco.

Hubiera sido tan fácil, que aún recuerdo lo que no pasó,
la muerte prematura de una piel morada por tanta noche,
por tanto frío y tanto hastío,
la muerte lenta y silenciosa, sin testigos ni farolas
una caída desde un tercero en pleno suelo.