28 de octubre de 2012

No había un lugar para el amor.No existía esa palabra más que en un inalcanzable deseo de llegar a una cima inexistente. Todo lo que podía hacer era huir, sólo correr  lejos de ese hastío de palabras y tiempo muerto. No había un lugar para el amor, me repetía en ese asiento podrido de un vagón cualquiera de la línea 9. ¿Cómo iba a existir esa palabra desafortunada si ni siquiera era posible el infierno?. Leía a Hesse y su misticismo oriental, esa filosofía espiritual que no era más que el asco de ser algo que no puedes encontrar. Qué puta mierda, haber llegado a la cima y no entender qué significa. Qué puta mierda viajar en el metro, leyendo filosofía oriental sabiendo que no voy a dejar de escribir cartas de amor desesperadas para  fingir que aún puedo creer en algo. ¿Cómo iba a haber un lugar para el amor, si habíamos matado esa palabra para que el odio también muriese?.

26 de octubre de 2012

Quizás el tiempo siempre pasa aunque uno no se atreva a mirar el calendario.

No hacía falta haber leído las obras más importantes de la literatura, o ser de esas personas que viajan a New Orleans para comprar en viejas tiendas de música vinilos de jazz ya olvidados. Tampoco hacía falta leer poesía antes de acostarse, ni tener un carnet de cine y ver películas en versión original, para darse cuenta que resultaba imposible que la chica que escribía notas suicidas a los trece no se enamora del chico que se había escapado de casa el año que empezó el instituto para ir a un concierto de Bowie. Ni siquiera hacía falta haber leído 'Guerra y paz' para entender que la chica que se había pasado la adolescencia creyendo que cómo los hombres eran todos igual de estúpidos y aburridos que su padre, (y que cómo no lograría enamorarse de ninguno) se volvería lesbiana por rebeldía e indignación pero sobretodo para matar a su progenitor de una manera más rápida y menos dolorosa que los sueños que acudían a su cabeza en algunas noches placenteras. Resultaba jodidamente imposible que la chica que se había pasado todas las tardes desde su inicio sangriento en la pubertad escribiendo relatos cortos sobre sus miedos en pequeños cuadernos que coleccionaba para justificar a sus padres su prematuro funeral, no hubiese enloquecido con el chico que llevaba un pendiente en la oreja y que había robado un coche una vez sólo para destruir lo moral que habitaba en todo lo que le rodeaba.

Cómo no iban a acabar encontrándose en el metro, tropezando casualmente y fingiendo que el encuentro era inesperado. Cómo iba a ser casualidad que les gustara  inventarse de nuevo, chocándose entre todo ese bullicio de gente, invocando ese pequeño ritual del primer día que se reconocieron sin conocerse, mirándose como dos locos que habían recuperado su locura. A ellos les parecía sólo un juego eso de andar por el andén saltando de un lado a otro desafiando a la vida o a la muerte o a todo eso del destino que nunca habían entendido muy bien en qué consistía. Sólo era un juego más eso de que en dos minutos llegara el tren y él siguiera allí abajo, mirándola fijamente mientras preguntaba qué estaba dispuesta a hacer por él. Era escalofriantemente bello para ella, mirarle mientras él con sus grandes ojos sin color, contaba que toda su vida no era más que un juego macabro, un jodido juego macabro más, que su adolescencia había consistido en colarse los domingos por la mañana en funerales con su banda de punk mal hecha para cantar a toda esa gente estúpida cosas como 'ese muerto jamás lloraría por ti, inútil'.

Pasaban la vida escondidos en la habitación de esa chica triste que tenía carteles de 'Blow Up' y 'Más allá de las nubes' para que quedara constancia de su admiración por Antonioni. Las tardes volaban mientras ellos escuchaban aquel disco nuevo que ella acaba de comprar, algo como los 'Perfume Genius' que él tanto tanto odiaba porque no se los había enseñado primero en un alarde de snobismo adolescente. Era bonito hacer el amor con aquella canción,' I will take the dark part of your heart into my heart' pensaba ella, mientras se lo susurraba a él en su oreja en un lento gemido incandescente. A, veces, incluso, cuando se escuchaban pequeñas goteras deslizarse por la ventana, se sentaban desnudos y exhaustos en la cama a esperar que lloviese, que lloviese mucho, que se inundara la pequeña habitación, y la lluvia les arrastrase a cualquier otra parte. Ciertamente, nunca llovió lo suficiente como para que se imaginaran nadando entre el mar de esa habitación que era un pequeño museo cinematográfico, con todas aquellas películas flotando desesperadas, esperando la salvación o la muerte, siempre la salvación o la muerte. Al final, las gotas siempre se cansaban de suicidarse en vano, y elegían la evaporación para desaparecer de una ventana tan sucia y tan triste como ella. 

Se habían prometido tantos inviernos reguardados en sucios portales de todas las ciudades del mundo, que era imposible que la idea del final tuviese sentido. Era imposible no pasar todos los años de su vida calándose la piel con toda esa lluvia abrasante que llega cuando menos te lo esperas. Imposible no gastar los años que aún les quedaban escondiéndose en habitaciones oscuras, con música triste tocándose entre sus piernas, con paredes vibrando todo ese ritmo decadente de unos cuerpos débiles que sólo intentan amar. Quizás el tiempo no pasase en aquella habitación o quizás la inexistencia de relojes o de cualquier instrumento que indicase el comienzo y el final de un período bastase para aniquilar la idea del tiempo. Pero seguramente en esos días extraños en que era necesario salir a la calle para comprar el pan o para ir a un pequeño concierto de experimental, el tiempo volvía a existir, volvía a tener forma en las paradas de autobús y en los supermercados aunque prefiriesen no darse cuenta de ello. Aunque prefiriesen fingir no acordarse de que esa luz que se colaba por las persianas y que los despertaba por las mañanas sólo era la siniestra y silenciosa advertencia de que la muerte no había dejado de existir. Aunque prefiriesen contar sólo los días de lluvia, esperando que eso significase que la vida sólo había estado allí, mojada, confusa, como un paraguas roto (que no quiere ser uno más de todos esos paraguas que se chocan, y se pierde de la realidad) en cualquier esquina de la ciudad.

23 de octubre de 2012

La belleza es verdad sólo si duele.

No queríamos amanecer. Ni devolvernos al tiempo y sus tristezas. No queríamos retroceder cien mil años y volver a buscarnos en las calles de esta maldita ciudad dónde todo había muerto. No queríamos existir de esa forma estúpida e inhumana, los relojes, los sostenes, toda esa literatura inútil que invadía mi cuarto. La vida estaba empezando otra vez en estas paredes, en estas paredes sucias llenas de poemas tristes que no habían servido para nada. La Vida, con mayúsculas, en habitaciones que olían a semen y a amor desesperado. A bragas que volaban por el cielo de una ciudad atormentada, a caricias con la lengua y a palabras con las manos. El amor no existía. Lo había escrito en el techo, en los baños, en las paradas de autobús dónde nadie espera nada. Me lo había tatuado en el coño y en la teta izquierda que siempre intuimos que aguardaba un corazón desolado. Lo había gritado borracha a las tres de la mañana de un lunes, lo había dibujado en los espejos dónde nunca quise verme, incluso había leído el poema más bello del mundo arañando esa frase hasta rendirme.

Y de pronto, no quería amanecer. Quería vivir o morir, pero nunca volver. La muerte se tornaba hermosa entre estas sábanas. El universo más pequeño del mundo implorando existir y ser algo más real que todo ese mundo absurdo que se colaba entre las persianas. Un universo que no era más que sábanas ocultando nuestro rostro, sábanas recorriendo nuestro cuerpo sudoroso y jadeante, sábanas que nos envolvían y nos  separaban, que nos ocultaban y nos silenciaban hasta hacernos uno. Las sábanas transpiraban en nuestra piel, y el oxígeno era cosa de ese otro mundo tan alejado como irreal. Todas las leyes de la física, la biología, Newton, Pascal, Einstein suicidados por nuestra atmósfera. Sobrevivimos a base de esos suspiros pegajosos, inhalábamos placer y dolor a partes iguales hasta devolvernos a la esencia de lo que nunca seríamos lejos de estas paredes. No queríamos amanecer y sin embargo el mundo podría haber explosionado en ese instante entre todas esas cosas hermosas que merecen destruirse antes de que el tiempo las devore. Mi sexo en tu sexo, abrasando nuestra alma, desnudando nuestra piel hasta que la mera existencia fuera sólo un deseo. Sábanas con goteras, habitaciones sin aire, muerte entre caricias El amor deseando amar, que diría el poeta. Y al fin la vida sólo tristezas y sexo. Toda esa belleza que sólo existe si duele.


19 de octubre de 2012

Busco lo absoluto y encuentro la nada.

Desde mi cama el atardecer es más lento, más doloroso. Se acerca a mi ventana como esas niñas del pueblo que recorren el monte en bicicleta y llegan a casa cansadas, hastiadas de tanto camino, de tanta nada. El tiempo que no es ningún niño, escribí en mitad de algún cuaderno esperando que alguien me recogiese de esa tristeza que es la no esperanza y me devolviese al tiempo de la infancia, a buscar moras por el campo y hacer mermelada, a vender pulseras de margaritas a cinco pesetas en la plaza del pueblo. Llevo sumergida en poemas tristes de otros tiempos toda la tarde, y, al fin, todo oscuro, otra vez. Los días se parecen todos entre sí, la vida se parece mucho entre sí, que dijo aquel poeta muerto. No espero llamadas, ni visitas, ni siquiera espero ya, algún recuerdo de más. La juventud me ha hecho más vieja y más solitaria, más agnóstica y anárquica, escéptica de todo y de todos, subrayando frases trágicas en libros inmortales, sonriendo a la caída de la noche como un borracho que se sabe protegido de la luna y el olor a cerveza de su chaqueta mohína. El tiempo, la nada, el amor, cómo sobrevivir al invierno en invierno, cómo inagurar el invierno que me nace de dentro más que del calendario. En estos días leo mucho a Umbral, esa melancolía tierna del adolescente triste que fue, ese adolescente tímido y desolado que escribe versos sueltos para encontrar la belleza y la verdad como ya hizo Juan Ramón. Me leo en Umbral, en su prosa oscura, herida, belicosa y adolescente. Me leo en estas páginas amarillas, y puedo verle en una noche temprana como hoy, escribiendo mientras consume el cigarro que le envuelve, esperando que al fin la vida sea eso emociones juanramonianas de adolescencia. Yo no se muy bien qué espero, no tengo ya adolescencia ni ganas, y esta juventud defectuosa no es más que vacío y días en los que recorro las hojas en blanco escribiendo muerte por todas partes. Todo esto no me salva, la literatura de noche, la poesía de tarde, las mañanas en las que no soy más que un esqueleto que asiste como una espectadora ingenua a esta vida que me acompaña. Todo esto no me salva, si bien me sana, me acaricia o empuja, me susurra o grita, me hace un poco más viva, pero no me salva. Yo no elegí esto, he escrito muchas veces, yo no elegía la vida, esta estancia desierta, esta cena podrida reflejándose en el televisor. Yo no elegí estos domingos sucediéndose como una repetición macabra de mis pesadillas, la alarma a las ocho, el metro a las nueve, la comida a las dos, de vez en cuando una película antigua que me reconforte, y las noches suicidas en las que siempre espero algo y nunca encuentro qué. Tengo un cáncer sentimental en el pecho derecho que nadie me toca, un cáncer feroz que me viola por dentro, y me deja desnuda, indefensa, sometida a esta palabrería insana que me convierte en algo amargado por podrido. No quiero dormir, no quiero leer literatura muerta, no quiero escribir lo que ya escribieron ellos, Sylvia y su suicidio, Sartre y su existencialismo, Miller y su sexo y su tristeza. Todo lo que pueda sentir, ya lo han sentido ellos mucho antes, toda esta tristeza barata de niñas que  leen en bragas a Dostoyevski y se fotografían desnudas con el libro entre sus senos. Solo quiero buscar, sumergirme, nadar, aunque no sepa muy bien por qué busco, por qué me sumergo, por qué nado. Lo buscado se diluye en la búsqueda. También yo quiero diluirme en ella, ahora que es noche profunda.

18 de octubre de 2012

Amar es volver.

Y volvíamos a las calles estrechas, al cielo oscuro y el caminar despacio, a los pensamientos trasnochados de media tarde, a esa lluvia de paraguas y renuncias, la melancolía espesa y brumosa de la salida del cine. No nos mirábamos de frente por miedo a hacernos daño, a herirnos con los ojos, esas pupilas grandes e inmóviles que se quedan calladas y rígidas esperando la calidez de un abrazo, de una palabra serena, la dulzura inmediata de unas manos que acarician por inercia. No nos mirábamos, y sin embargo nos entendíamos en el paso lento y cansado, ese itinerario de barrios viejos, avenidas pequeñas, casas bajas y niños tiritando, esperando que mamá saliera del super con alguna chocolatina para volver a casa. Había vuelto el frío seco de finales de octubre, un frío como de pueblo castellano, un frío árido, áspero, agotado de tanto tiempo y abandono, un frío que nos azotaba la cara y se colaba en nuestro jersey de cuello vuelto y mangas largas. Un frío solitario, que olía un poco a muerte y a venganza, como si la ciudad casi helada, fuera ya inservible, un deshecho del verano, o un deshecho de nosotros, que nos habíamos convertido en algo peor que este frío que aniquilaba el bullicio del centro.Ya no nos besábamos en el cine, ni nos mirábamos de reojo cuando el siempre entrañable Jack Lemmon recitaba las palabras eternas de amor a la dulce Shirley, y uno no sabía nunca dónde acababa la ficción y empezaba la vida. Ni siquiera habíamos fingido un beso torpe y a regañadientes en los tres segundos del 'The End' aunque sólo fuera para sabernos en labios ajenos. Todo se había helado, la acera, mis manos, tus ojos. Parecíamos fugitivos que intentan permanecer unidos para no morir antes de tiempo, o presos políticos de ideología adversa que acaban siendo hermanos mientras esperan el disparo final. Quizás tan sólo éramos las víctimas suicidas de ese amor que veíamos en el cine del barrio. Esas películas en blanco y negro con finales apoteósicos que enmudecían a esa adolescencia tierna que espera y busca la grandeza, y sueña con los ideales, siempre un poco snobs y alejados, con los que se mete en la cama y no duerme. Siempre volvíamos a las calles estrechas, al cielo oscuro y el caminar despacio. Siempre volvíamos. Quizás todo se resuma en eso que una vez leí en un libro viejo, amar es siempre ver volver.


17 de octubre de 2012

El sexo del verso.

No hacíamos el amor, ni siquiera nos queríamos. Todo era una suerte de lirismo trasnochado, de poesía pornográfica, la dulce adolescente de pezones rosados que piensa en literatura mientras te sujeta la polla. No hacíamos el amor, apenas se asomaba herida, malformada, esa palabra sagrada. 

Leías mis versos en la cama, desnudo, erecto, urgente. Leías mis versos, y me tocabas una teta entre cada coma. Me besabas después del primer poema, con las palabras que yo había escrito años atrás, sujetando tus labios. Me besaba a mi misma en tus labios, besaba las palabras que escribí, todo eso que había ocultado en ese tiempo oscuro en que a las chicas nos crece pelo en el coño.

Susurrabas mi historia, recitabas mi inútil melancolía precoz. Te ponía esa decadencia tierna, preadolescente, esa tristeza vacía de una niña que no sabe muy bien por qué le crecen las tetas, porque mancha las bragas de sangre, porque en clase los chicos parecen tan estúpidos.

No hacíamos el amor, ni siquiera nos entendíamos. Nos limitábamos a permanecer desnudos, el uno encima del otro, acariciando nuestras cicatrices en una suerte de reconocimiento extraño, primario, atemporal. No hacíamos el amor, apenas encontrábamos un resquicio de nuestra alma en este ritual casi místico, ascético, mortal.

Sólo era eso un ritual, el sexo amenazante, la niña que se quita las bragas, que besa tu miembro y que más tarde escribirá que Dios ha muerto en un libro de Nietzsche. Sólo era eso, la eterna búsqueda, el eterno reencuentro de uno mismo con lo que fue, la chica que soñaba con volar reencontrándose con aquel sueño, el hombre que había dejado de soñar, reencontrándose con unos muslos sin varices que le devolvían a otros tiempos.

No hacíamos el amor, ni siquiera se si eso existe.

delirios

me destapo a medianoche sintiendo tu angustia,
palpo tu dolor en mi pecho sudoroso, 
oigo tus gemidos en las lágrimas que acarician mi coño, 
reconozco tu pesadilla en este cuerpo desnudo que tirita de frío.
'no temas', intento gritarte desconsoladamente
 desde el epicentro de estas sábanas que habito,
'no temas, no huyas, no sufras', 
pero mi boca débil sólo puede temblar, 
arrastrarse en esta inmovilidad de sílabas inertes, 
en esta muerte prematura de palabras que no nacen.

Y yo aún estoy.

Todos se van y yo me quedo. Le veo alejarse desde la ventana de esta casa en llamas. Huye de este martes cualquiera, de este estercolero de memoria y tiempo perdidos, de esta levedad insensata que son los recuerdos, esa cosa mustia y podrida, de lo que nadie quiere recordar. Perdí su silueta antes de haberme apresurado a imaginar dónde acabaría esta noche. Con que sábanas despertaría mañana, cuántas ventanas acariciarían su tristeza, qué manos tocarían su pelo hasta el sueño.

Me cosí a las sábanas dónde ya no duermo, me rendí desnuda a esta habitación sin vistas, me arañé las tetas que ya nadie toca. Tengo agua en los zapatos, heridas en las manos y las bragas manchadas de sangre. Cuento los años que me quedan en los libros que aún no he leído, esa vieja lista que me obligué a hacer para tener algo en lo que refugiarme cuando apagara la luz.

Lo veo en el espejo, el cristal del autobús que siempre me lleva donde no quiero ir, en los ascensores, los lavabos sucios, ese charco que me invento para no someterme a este invierno que nunca llega. Me prostituyo en todas esas notas suicidas que dejo en servilletas de cafeterías vacías. Me invento tu nombre, mis miserias, tus dramas, mis miedos, tu huida y cuento los puentes que hay en esta ciudad  dónde aún podría ahogarme sin funeral.

Sufro de ausencias, de buzones vacíos, camas desérticas, muerte devorando miedos, y miedos devorando las paredes de una casa ya en ruinas. Sufro de ausencias, niebla en la habitación, suciedad en la cocina, un suelo aniquilando mis pasos, viejas puertas encerrándome a oscuras. Sufro de ausencias, me desnudo en la noche, me tatúo dolor en los párpados y escribo a la muerte que mece esta adolescencia que ya nació muerta.

Todos se van y yo me quedo. Y ya no importa la casa, la ventana, las llamas, la memoria, el tiempo, el recuerdo, la noche, la tristeza, la herida, la huida, los libros, el espejo, el invierno, las notas, los miedos, el funeral, la ausencia, el vacío, la cama, las ruinas, la niebla, el dolor. Ni siquiera importa ya, la muerte dónde yo me quedo.


12 de octubre de 2012

Pienso en la muerte y hablo de amor.

Éramos jóvenes y sólo pensábamos en la muerte. Nos escondíamos en sótanos repugnantes a contar historias trágicas sobre chicos que se habían suicidado antes de los 21. Me daban miedo las ratas que se acercaban a mis zapatos, y siempre acababa lanzando un grito ahogado a esas paredes mugrientas. Tú te reías, y yo sentía más miedo y atracción por ese chico valiente que me había enseñado a huir. Recuerdo lo aterradora que me resultaba tu risa en esos momentos, como el eco la hacía vibrar por toda la habitación hasta espantar a esas asquerosas ratas moribundas. Me parecía tan fascinante haber encontrado a alguien como tú en la ciudad, que ni por todo el miedo del mundo hubiera dejado de ir a nuestro sótano cada tarde. Al final, siempre acababas besándome para que no llorara demasiado por todas esas historias tristes. Me cerrabas los ojos, me sujetabas la mano, y me pedías que escuchara, que allí estaba ella, precipitándose sobre nosotros. Nos amábamos en la decadencia de ese cuarto oscuro con historias horribles colgando del techo. Me mirabas a los ojos, y te quedabas fijamente mirando cómo mis lágrimas se deslizaban por mi rostro hasta acabar muriendo lentamente en mi boca. Follábamos con la luz apagada y los muertos atrapados en las persianas bajadas.Luego me abrazabas tembloroso, con tu miembro aún erecto, y te quedabas oliendo mi pelo varios minutos. Nunca supe qué es lo que te enternecía de mi cabello, por qué te quedabas atrapado en él fingiendo que ya habías acabado. Ni siquiera sé por qué me acuerdo de todo aquello. Es curioso cómo recordamos detalles que carecen de importancia, y sin embargo no podemos acordarnos de lo importante. No puedo evocar tu rostro con exactitud ni tampoco entender cómo se me ocurrió seguir a un completo desconocido que se había sentado a mi lado en el cine. No entiendo cómo me colé en aquella casa vacía contigo, ni tampoco cómo me decidí a prender fuego a toda la estancia antes de salir corriendo y acabar en aquel bosque dormidos.Todavía hoy me preguntó que pasó con todo la inocencia fértil de aquellos cuerpos deseando amar. Todavía hoy me pregunto si seguirás atrapado en esas historias nauseabundas de chicos fracasados. El amor y la muerte. La muerte y el amor. Aún hoy los confundo.