30 de septiembre de 2012

La muerte es una sala de hospital a media tarde.


Veo morir el verano,como en una melodía dulce que sobrevive al desierto, como uno de esos cantos suaves que acaban convirtiéndose en una letanía triste de algo trágico que nunca acaba. La decadencia inútil de un desierto que añora el beso de la lluvia en su costado, el murmullo del mar entre sus piernas, raíces sanas creciendo entre su vientre.Veo morir el verano, y todo se vuelve más frágil. El cansancio de los días en la lentitud amarga de las noches. Lo amargo de una lenta agonía intentando sobrevivir al final.Veo morir el verano, y todo se vuelve más pequeño. La soledad se desquebraja en ese edificio en ruinas a donde van a parar las moscas suicidas. Todo sabe a muerte apresurada, a heridas en el costado, gritos desesperados implorando una eutanasia efectiva, un dolor lento en un final dulce. 

Aquel día fuimos a visitarla como cada tarde desde aquel agosto, pero ésta vez no sonrió al vernos, se limitó a girar la cabeza, y deslizar su mirada hacia ese pequeño infinito al que invitan las ventanas.Tenía la piel de ese color enfermizo que te araña los recuerdos, (ese color que se torna familiar, que has visto antes en los álbumes viejos, en fotografías empolvadas donde aparecían los abuelos de tus abuelos,esos seres que llamaban tu atención de niña porque te parecían inmortales.) Sus manos entrelazadas parecían esperar algo, o resignarse a la espera. Resignarse a la espera, supongo que es empezar a morir.

Imagino la muerte, como un verano desafortunado que pasa rápido y triste para morir en un invierno trágico. Una suerte de tornados, lluvias torrenciales, huracanes, relámpagos, heridos en carreteras siniestras, pueblos derruidos. Imagino la muerte en los ojos de esa mujer desesperada por la no existencia, implorando compasión, indulgencia, rogando la salvación en un rescate certero. Imagino a la muerte en los ojos de ese cadáver de mi abuela que vi en la sala nueve del hospital. Una especie de rastrojo humano sometido a esa asquerosa maquina artificial que pretende crear muerte donde solo hay un final.

La muerte llega, te acaricia, te habla con palabras dulces y serenas. La muerte te arropa, te dice que mires a esa ventana desde donde podrás ver el infinito, te susurra que existe la paz, un universo abocado al paraíso sino el paraíso mismo, una luz que no hiere ni molesta, el rumor de las olas golpeando lentamente entre tus párpados. La muerte llega, te araña, te grita desconsoladamente. La muerte te azota, te implora que mires a esa ventana desde donde podrás ver el infierno, te brama que existe el dolor, un universo abocado a las tinieblas, una oscuridad que no pregunta ni espera, el caos del mundo vociferando odio a tus oídos.

Veo morir el verano, y veo morir a mi abuela. Escucho a la lluvia desde la ventana del hospital. Enciendo la tele y veo tornados y tormentas devorando ciudades. Miro a mi abuela muerta, y pienso que quiero morir en uno de esos tornados que te azotan y te olvidan. Pienso que no quiero una muerte lenta, esa lentitud asquerosa que es la espera de lo que no dejan que pase. Abro la ventana, miro al cielo. Sigue lloviendo. Espero la tormenta definitiva, el dolor dejando paso a esa línea recta que es la paz. La calma después de la tormenta, dicen. La muerte. Del verano y de mi abuela. 'Yo que te he llorado antes de que tuvieras tiempo de morir'.















12 de septiembre de 2012

El infierno, desde aquí, parece un sitio confortable.

 Aún hace calor ahí fuera. Es noche cerrada pero el calor es insoportable. Me gustaría tener valor para pasear desnuda por esas calles que no transpiran, todo ese asfalto sudoroso, todas las ventanas del bloque respirando la misma bruma asfixiante. Alguna vez, antes del amanecer, me he sentado ahí abajo,en el banco de enfrente. Es angustiante escuchar todas las televisiones del barrio bociferando a la vez, pero por alguna extraña razón que desconozco me parece reconfortante. Será que nací en la generación perdida, y me gusta que me cuenten todas las mentiras que se puedan inventar sobre este mundo de mierda, todos esos gritos ahogados desde la pantalla del televisor, y abajo la calle tan solitaria que pareciese que el fin del mundo vienese programado desde esa pantallita.

 Sigue haciendo calor y eso lo convierte todo en algo más triste y real. Es desesperante, despertarte a las 3 de la mañana goteando un líquido asqueroso que te barniza toda la piel. Es desesperante, levantarte al baño, hacer pis, beber agua, limpiarte toda esa sangre incolora, volver a la cama y no poder conciliar el sueño otra vez porque a las jodidas pesadillas insomnes les gusta la medianoche. Pero aún no es medianoche. Sigue haciendo calor ahí fuera, y todo lo que hago es aprenderme estribillos tristes en inglés de canciones deprimentes de mierda. Supongo que es justo autodestruirme antes de que el mundo lo haga por mi. El mundo, trampa hostil de una verdad inerte.

 Pienso en que no quiero cumplir veinte años tan pronto. No tuve tiempo para ser niña. No tuve tiempo para correr detrás del tiempo, y ahora el tiempo no deja de abalanzarse sobre mi espalda. Me duelen los ojos de no ver, y las manos de todo lo que no tuve tiempo a tocar. Los atardeceres tempranos de la vida, el río que se expande ante tus ojos, todo esto será tuyo, dulce niña. La niñez me enseñó a caminar con los pies descalzos sobre la nieve. No guardo recuerdos para no escribir más historias nauseabundas. Me basta con reconocerme en las historias de infancias robadas que cuentan los libros que yo no leo.Supongo que el mar siempre fue demasiado infinito para unos ojos acostumbrados a una habitación sin vistas.

 No quiero cumplir veinte años, me repito una vez más. Me da miedo, me da miedo la caída al vacío. Que las preguntas irrumpan con más fuerza y las esperanzas yazcan ahogadas en este llanto inútil. Hace algunos años me convertí en una isla abrupta.Vivía en una ciudad tan alejada del mar, que me rodee por completo de aguas turbulentas y fecales. Supongo que a sufrir se nace aprendido, pero con los años se puede ir mejorando.Sobrevivir es un verbo inutil pero sufrir, un verbo desesperado. No creo que los dos sirvan para nada, pero me defino en ellos. Tampoco creo que ninguna de las cosas que se hacer bien, sirven para algo. 

 Me parezco a una mala imitación de una poeta suicida. O eso quiero parecer. Una imitación punk de una poeta adolescente suicida. Qué triste seguir atrapada en poemas que ni siquiera piden compasión.Ni siquiera creo en aquella famosa frase de Nietzsche. Ni siquiera la música me puede salvar. Escucho canciones que hablan de lugares fríos, a los que nunca he ido. It's so lonely in this place so cold I don't believe and as no-one knows my name. It's easy to pretend, it's easy to believe there's a shadow on my wall. It dances like my soul, dances like my soul. Pero aquí sigue haciendo un calor infernal, un jodido calor que te atrapa hasta que te quedes inmovilizado, convertido en una especie de parásito vomitivo que expulsa un hedor inmundo.

No escribas poesía, no escribas nunca poesía, no te conviertas en una de esas personas que se encierran voluntariamente para escribir que desean estar en cualquier otra parte. Ellos vomitan porque nunca leyeron poesía, tú escribes porque nunca vomitaste lo que te arañaba el estómago. Las ahorcadas te mutilaron, pero la comida podrida nunca quiso desprenderse de ti. Tus órganos están infectados de una basura asquerosa, eres repugnante, suerte que nadie puede mirarte por dentro. Pero nunca escribas poesía, vomita, vomita hasta que la rabia se apodere de ti, y te conviertas en uno de esos políticos, o funcionarios, o directivos de grandes multinacionales con dos plazas de garaje y pagas extra en navidad. Uno de esos tipos que leen siempre el mismo periódico porque tienen un bando por el que apostar. No escribas poesía, jamás te conviertas en un perdedor que no sabe expulsar su hedor.

Aún hace calor ahí fuera. Todavía no se quién pretendo ser. Estoy sudando, y no tengo sueño.