17 de agosto de 2012

Ventanas a ninguna parte.

Todo aquello de lo que quiero escribir está ya muerto.
El dolor acaba por convertirse en método de supervivencia.
Pienso en las ciactrices como pienso en la belleza de lo puro.
Duermo en mediodías que, silenciosos, se apagan lentamente bajo un sol insano.
Nada dura eternamente, escucho a mi espalda, pero pareciera que pudiésemos lamer sus sombras.
No tengo a dónde ir para rezar a mis muertos.
La sombra de lo eterno, las cicatrices del vacío.
Todo aquello de lo que quiero escribir está ya muerto.

16 de agosto de 2012

la muerte cotidiana de las cosas que olvidamos: el verano.

A veces, sucede que el verano es un lugar, 
que el tiempo sucumbió al dolor, 
y que mires por donde mires, 
te encuentras con la desesperación y la asfixia, 
mucho peor que el simple vacío de las cosas estancadas.

A veces, el verano es, algo así, 
como abrir el viejo armario del desván, 
oler aquella chaqueta de la abuela (la ves ahí, ahora tan rota y deshilachada)
 y someterte a esa tristeza fría y férrea, 
a esa nostlagia pura de las cosas que murieron olvidadas.

Algo así, como un viaje en coche 
a través de la tierra seca y astíada, 
por esos campos que te recuerdan que un día, no hace mucho, 
recogías amapolas y te escondías del viento a la sombra del castaño.

 Ya, ni siquiera la senda del río, 
el agua ha sido devorada, 
y tú has olvidado como llorar todas esas pequeñas muertes cotidianas. 
También tus lágrimas yacen ahogadas, 
sumergidas en esa tierra en que ya nada nace.

A veces, permaneces en el centro de un verano trágico, 
y haces de éste tu vida.
 Abres todas las ventanas de la estancia, 
y te dejas devorar por las miles de moscas 
que buscan ensordecer a algún loco 
a esa hora de la tarde en que nadie llama.





aún sangro

sangro recuerdos,
acuchillo despedidas en mis manos torpes.

me alejo indecisa por senderos de ortigas
hiero mis rodillas siempre tristes
y dibujo constelaciones en mi piel enferma.

sangro recuerdos,
vomito  recuerdos de trigo y sol.

me asfixio en tardes lejanas de campo
torturo mis pies pálidos con luces extrañas
y sonrío tristemente a un cielo arrepentido.