30 de diciembre de 2012

estoy vacía 
y me alimento de vacío
 y escribo que estoy vacía
 y que me alimento de vacío
 y tú me leerás indiferente
 y me besarás lento la nuca,
 las manos,
 los labios, 
como si no importase,
 como si la vida
 fuese esa cosa horrible
 que se planea en los ascensores.

(si no me oyes es porque no tengo voz)

A veces volvía a ser piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad.
Ernesto Sábato, 'El túnel'.


Y aquí me tienes, escribiendo una carta de amor que nunca sabré escribir, porque para escribir una carta de amor hay que ser poeta y haber muerto de amor, o asesina y haber matado por amor, o Sábato que hizo las dos cosas y escribió algo siniestramente bello como el amor. Yo lo intento y dejo caer la palabra amor como si mis manos supiesen qué hay en el fondo, como si la página en blanco no se volviese gris cuando alguien lapida una palabra pura. Yo lo intento y me quedo toda la noche despierta, escuchando como la lluvia no se asoma hoy por mi alféizar, como el frío acobarda a mi ventana, como el sueño intenta desesperado encontrarse con un techo desnudo que le arrope y le bese, en las sábanas y en los miedos. Pero yo quería escribir una carta de amor, me digo, una de esas que te hacen salir de casa corriendo y en pijama, saltar por las escaleras y por las aceras, meterte al cine más próximo y besar a la chica de la última fila que, seguramente anote en su cuaderno lo que escribirá por las paredes y en las calles, en un intento desesperado de creer en el amor. Pero yo quería escribir una carta de amor, escribo, y que me leyeses allí donde aún no te has encontrado, descalzo y menudo, sin salvavidas ni artificios y que me mirases de lejos, y besaras un poco esa palabra que escribí cuando aún quedaba tiempo, y la besaras nervioso y tiritando, inventando un mapa de auxilio hacia mis silencios. Y yo quería escribir una carta de amor, pero un poco porque te escondieses ahí donde sólo yo sabía encontrarte, donde sólo yo veía un escondite, y nos quedásemos allí a salvarnos un rato de la ciudad donde la vida se planea en un ascensor que nunca se abre. Y aquí estoy, amor mío, escribiendo una carta de amor que no es de amor ni es de nada, porque aún me quedan noches y soledades, y porque para escribir de amor hace falta haberse muerto muchas veces mucho, que decía el poeta. Y aquí estoy, intentando que nos desnudemos un poco, por ti y por mi, porque esto puede ser un abrazo o una caricia en la espalda, porque hasta puede ser un puente y una llave. Y aquí estoy, te digo, pensando cómo será eso de escribir una carta de amor, y muriéndome de ganas de hacerlo, de que nos hayamos buscado tanto que el dolor sea esta casa que habito, y la muerte esta espera en que no vivo. Lo que te quiero decir, amor, es que aún te espero, aunque no corra ni grite, ni llore ni pronuncie tu nombre desesperada, lo que que te quiero decir es que aún creo, aunque no sepa escribir una carta de amor.
Quería escribir una carta de amor 
y dibujé una cicatriz
 en tu espalda.

Quería volar a un país lejano
 y me perdí con la bicicleta
de mi infancia.

Quería volver, correr, huir
y me abracé a su ausencia 
en tus ojos
y me desnudé para su lengua
en tus sabanas
y te besé
y te quise
y te maté
en su recuerdo.

29 de diciembre de 2012

La soledad nació del poema, o era al revés.

Habría que estar siempre en contra,
incendiando aeropuertos 
y estaciones,
destruyendo los semáforos 
y las farolas, 
atropellando 
a todos esos muertos,
esos siniestros cuerpos
que se arrastran por las ciudades
y las tardes,
con un reloj de muñeca
y un mentira en el bolsillo. 

Habría que estar en contra, 
y quemar todas las páginas 
con nombre inútiles 
que yacen en los diccionarios, 
todos los poemas de amor 
que nunca hablan de amor,
lo artificioso de una soledad 
justificada en ascensores.

Habría que desnudarse 
mientras subes corriendo 
por las escaleras,
tatuarse un poema 
en el pecho izquierdo, 
besar la lluvia 
y abrazar sus manos 
en un intento en vano 
de abrazar al silencio, 
bendecirlo
 en un ritual literario
que santifique las palabras,
y les devuelva 
su divinidad perdida. 

Habría que dibujar 
suspiros en su nuca, 
adormecer la piel fatigada
 de distancias 
y muertes, 
acariciar en un susurro leve 
el alma indefensa 
de quien se ha pasado 
la vida duermiendo
sin nanas y sin cuentos, 
sin pies enredando
los anhelos dormidos 
de ese niño 
al que le habían robado 
los sueños.

15 de diciembre de 2012

leer poesía es un acto de amor, escribir poesía es vencer a la muerte.

Que existas te grito.
Que dejes de esconderte entre estas sábanas que maldicen mi insomnio,
esta luz fosforescente arañando mi piel desnuda,
  estas paredes que se alimentan de las cucarachas que las habitan. 

Que existas, te imploro. 
Que renazcas con la solapa del libro golpeando la última página, 
el verso herido e hiriente abrazando mi sexo inerte,
el anti-héroe sentimental y decadente
negando el amor en una renuncia desesperada.

Que existas, te susurro.
 Que vuelvas al lugar al que nunca has venido, 
del que no sabes nada y nada te pertenece
 y decidas quedarte y morirte, y salvarte y rendirte 
para que al fin, la ausencia sea caricia, 
y el dolor, venganza contra la muerte.

4 de diciembre de 2012

el amor es un poema de amor que en realidad es de pena que en realidad es de huida que en realidad es

que alguien venga.
que llame a mi puerta

despacio,
y me lance una carta fingida por debajo,
   ese diminuto espacio entre el silencio
                                           y el miedo.

que alguien escriba conmigo cartas suicidas por las paredes,
y dibuje en el techo un infierno bonito
de dioses inexistentes
    y

             poetas
                       trágicos.

que alguien me arrope las lágrimas con sus manos sórdidas,
que me tape los ojos y me lleve a ninguna parte,
una estación vieja o un colchón roto donde contemos

las estrellas
                              que han


                                                                      huido.

que lo haga sin que se lo pida,
que me despierte una noche y me lleve en brazos
hasta el lugar donde soñar no es un verbo que llora.
y, luego adormecidos, me diga que estamos

        muertos
                    y
                       ciegos, borrachos y tristes
y solos, sobretodo solos
y yo pregunte, con los ojos cerrados en las manos
si ese alguien al que no me atrevo a llamar
eres
                           

                          tú



el que aparecía en mis pesadillas a los trece
y me salvaba de la inundación, pero no del incendio
el que me sopló en las manos a los quince
y me perdió un deseo para siempre
la voz de la cabina telefónica
que pasó a susurrarme en la cama
poemas que
                  me
                        recordaban

a lo que ellos decían
y que, nunca creí,
que era el

a
   m
       o
           r


(si escribes amor en un poema
suben las ventas)

2 de diciembre de 2012

El infierno del cielo en un espejo.

Era bonito vernos reflejados en el espejo de mi habitación. No se cómo se me ocurrió poner el espejo justo enfrente de la cama, pero después de verte apoyado sobre mi hombro, y descubrirme a mí, sujetando un libro dormido entre mis senos, pensé que era la mejor idea que había tenido nunca. Te sonreí a través del espejo, para no tener que girarme y eliminar ese encuadre poético de mis piernas escondidas tras las sábanas, el ombligo escéptico vislumbrando antropocéntrico toda la estancia, mis manos apoyadas en el respaldo de la cama para así mis senos aparecer esculturalmente redondos y bellos. Me gustaba ese cuadro que nos dibujaba hacia esa dimensión oculta del reflejo, como tu cabeza apoyada sobre mí, te sugería una fragilidad deliciosa, el hombre refugiado en el calor de una piel suave, la huida hacia la feminidad. Tú ya te habías dormido y yo todavía seguía ahí, inmóvil frente a la visión de mi vida que me devolvía el espejo, una especie de tiempo muerto o éxodo estático, desde donde nadie podía obligarme a regresar a ninguna parte. Pensé que aceptaba vivir si era para permanecer en esa armonía hasta el fin de mis días, para olvidarme del tiempo y sus renuncias, del dolor y las desdichas, los gritos, los portazos, el sonido aterrador de la alarma y el teléfono sonando, toda esa inutilidad irremediable que sólo servía para arrodillarnos, y acabar con heridas que no dejaban de sangrar aún con tiritas. Me alegré de haber bajado tanto las persianas, que parecía que había una pared grisácea en las ventanas, o mejor aún, un muro de hormigón aislándonos y alejándonos de ahí afuera, un lugar desde donde nunca se podría adivinar el inicio de un nuevo día. También me alegré de haberme olvidado el reloj en el lavabo del baño la noche anterior, para así hacer más real mi visión de una existencia atemporal y mística, un universo que tomaba lugar en mi cama, y que estaba regido por sus propias leyes y su propio infierno. Sería bonito escribir un libro de este momento, me dije, un libro onírico y dadaísta, una perturbadora historia sobre la felicidad asfixiante de mirar al cielo y darte cuenta de que las nubes no existen, que en su lugar sólo hay poesía del cosmos y la nada, goteras deslizándose indecisas por las paredes de la estancia y de tu cuerpo. Al fin, me cansé de escribirme a través del espejo, de reconocerme viva en ese universo paralelo, y temerosa de haber muerto en el otro al cual tú pertenecías, me giré hacia esa caricia cutánea que era tu rostro dormido. Te susurré en la boca, en los párpados, en tu pequeña nariz de gorrión, en toda esa franja que aleja las pupilas de los pezones. Te escribí con mi lengua caliente en el cuello y en la oreja, hasta que al fin te despertaste sonriéndome, esta vez a mí, y no a lo que éramos en el espejo. Desde esa distancia podía tocar tu sonrisa, sonreír con ella, someterme al embrujo ciego de tus labios creando rendijas donde esconderme, pero no podía crear universos sin espacios ni tiempos, no podía devolverme a mis sueños de atemporalidad y belleza utópica, no podía olvidarme del reloj y la sangre, las horas y la tristeza de subir las persianas. Me volví a girar hacia nuestro reflejo inmortal, buscando una respuesta o una salida valiente, pero esta vez a ti no se te veía, te habías girado y ya sólo me dabas la espalda.

1 de diciembre de 2012

Los diarios se escriben a las tres de la madrugada.

Dejaste de oírme y colgaste. Me mandaste un mensaje minutos después, diciendo que la conexión telefónica iba fatal y que ya me llamarías mañana con más tranquilidad. Yo indignada, pensé en contestarte que no hacía falta que me llamases nunca más, que entraras en ese concierto malo de jazz contempóraneo y conocieras a una chica con un vestido sugerentemente corto que te contara las películas que veía los domingos por la tarde. Estaba enfadada, irritada, mi madre gritaba colérica desde la cocina, la televisión chillaba obstinada en que me refugiara en ella, los vecinos de arriba no dejaban de mover muebles desde la noche anterior y para colmo, se me había caído la coca-cola en la última novela de Franzen que me estaba leyendo. Me acordé de los 'el colegio es una mierda' que escribía en la puerta de los baños de mi escuela, y pensé en volver a mis instintos más primarios, y lanzarme a la calle a escribir 'la vida es una mierda' por toda la ciudad. La frase no era compleja ni admitía críticas literarias pero al fin, los pensamientos más reales suelen ser simples y directos. No conozco a nadie que tras sufrir una derrota sentimental, piense inmediatamente en la dostovieskiana frase de 'es al separarse cuando se siente y se comprende la fuerza con que se ama'. Estaba decidida a no volver a hablarte nunca más, a escribir un libro sobre mi desdichada vida sentimental, a conocer a un desconocido solo para poder llorarle sin fisuras y contarle que toda mi vida habían sido grietas que, en vez de unirlas, yo intentaba romper para lamer la sangre de la que hablaban mis escritores favoritos. Pero mi vida no era más que una mala novela de aeropuerto, como la historia de Odile y Franz que tanto me gustaba ver en la adolescencia. No era más que una mala novela, corta y triste, mala y rota, corta y vacía y triste y estúpida como todos estos textos que escribía para que alguien me leyese y me quisiese un poco desde lejos, desde el desconocimiento más profundo de mi nombre, desde la caricia más suave a mis sueños. Al fin y al cabo, yo era otra más de esas chicas que sólo buscan que las quieran terrible y trágicamente y sólo la literatura podía hacer algo así (afortunadamente incluso la mala literatura). Pensé que podría llover un poco para acompañarme, o que el vecino de al lado podría poner una de esas canciones francesas suyas que ponía cada noche y que tanto me gustaba escuchar pegada a la pared. En en fondo, me gustaba ese tipo, era misterioso y distante cuando nos cruzábamos en el ascensor, pero por las noches, me parecía tierno y cándido escuchando esas canciones francesas que sonaban a otra época. Seguramente sería de esos, que leían a Alice Munro en la cama, mientras cocinan, en el metro y hasta mientras follan con cualquier chica de bar de alterne (porque, y de eso, estaba muy segura, mi enigmático vecino no vivía con ninguna chica y no tenía ojos de estar enamorado). Al pensar en las canciones del vecino, empecé a hacer una comparación mental entre el vecino y tú, y caí en la cuenta de que, sólo por escuchar esas canciones de madrugada y poseer unos ojos tan tristes, él era mucho más adecuado para estar con alguien como yo que tu alegre capacidad de estar impresionado con cualquier banalidad artística. Al fin y al cabo, nunca podría llamarte más tarde de medianoche porque siempre te dormías antes, tampoco podría discutir contigo sobre mi embrutecido mundo literario que quería recomponer con obras de calidad, y ni siquiera me ibas a hacer el más mínimo caso si te dijese de repente, que por qué no nos íbamos a bailar a cualquier discoteca de Berlín, que había encontrado unos magníficos precios en un vuelo que salía a la una de la madrugada justo a tiempo para empezar una noche onírica en una ciudad desconocida. Me alegraba leer que había escritores que definían a chicas como yo como 'deliciosamente infelices'. Sabía perfectamente que era imposible y contradictorio una infelicidad deliciosa, al menos para quién la sufre, pero cómo no acabar sumergiéndome en el encanto de la literatura si podía hacer de la tristeza algo hermoso, de mis lágrimas algo por lo que llorar. Me pasé toda la noche debatiendo conmigo misma que tipo de amor nos mantenía unidos. Escribí, como ya lo había hecho muchas veces antes, que el amor no existía, o que al menos en mí siempre se acaba convirtiendo en  una farsa, algo completamente dañino por mentira, mentira por inexistente. ¿Qué podía hacer yo si estaba condenada al fracaso?, ¿qué iba a hacer tan triste y abatida de una vida que aún no había brotado?. Me imaginé a mi misma, golpeando la puerta del vecino, esperando nerviosa en el rellano hasta que me abriese un hombre con sombrero y un libro empolvado entre las manos, y me invitase a pasar sin preguntas. Nos imaginé sumergidos en una conversación temblorosamente bella sobre quiénes éramos y quiénes eran nuestras desdichas (si es que éstas tenían nombre), bebiendo whisky barato en cristal de bohemia y mirándonos entre silencios fílmicos espantosamente románticos. Imaginé un beso lento y embriagado de tanto whisky y tanta calma, una desnudez tibia y literaria entre dos cuerpos que se reconocen en la noche, unas sábanas rotas y una música llorosa. Esperé desesperada, que al fin te arrepienteses de haber ido a ese aburrido concierto de jazz, y me llamases entristecido por lo tonto que habías sido al no invitarme al cine esa noche. Que me dijeses algo hermoso, y me recitaras un poema de amor de Borges entre caricias telefónicas. Esperé al fin, rendirme a la palabra amor aunque no supiese muy bien lo que significaba, pero tú no me llamaste y me dejaste imaginando con qué suavidad tocaría el vecino mis senos.

29 de noviembre de 2012

El amor es una estación de tren, y la vida un tren que se para en su destino.

No me reconociste del todo, cuando me viste en la estación después de dos años de ausencia. Supongo que pensaste que estaba mucho más delgada y ojerosa, que ese vestido negro me hacía una persona más trágica de lo que ya era y que, definitivamente, con el pelo recogido en un moño mal hecho parecía mucho más vieja e irritable. Me sonreíste desde la ventanilla del tren antes de que se abrieran las puertas y dudaras si darme dos besos en la mejilla y un abrazo frío por tanta distancia, era la mejor opción para reafirmar, como ya lo habías hecho años atrás, que nuestra relación era la más profunda que habías tenido con alguien nunca. Era extraño estar esperando al hombre con el que compartí los duros y bonitos años de pasar de la adolescencia a alguien que no sabes muy bien quién es y que, además había perdido todo contacto desde los últimos noviembres. Era extraño, pensé, volver a reconocer al hombre con el que había aprendido a amar, al primero con el que aparté mi vergüenza de leer mis estúpidos poemas tristes en la cama después de hacer el amor, al primero al que irrité hasta hacerle perder los estribos con mis conversaciones narcisistas y absolutamente ególatras sobre la decadencia del mundo, literario, social, pero sobretodo espiritual para hacerme pasar por una chica interesante que se preocupaba por los problemas de un siglo demasiado ensimismado como para preocuparse de mi desdichada adolescencia. Estoy segura que en esas conversaciones telefónicas de madrugada te morías de ganas por encontrar algún estribo de sexualidad en mis palabras, no un sexo telefónico explícito que siempre habíamos criticado, sino algo con un poco más de 'estilo' pero que no evitara que tu miembro alcanzase vida y forma propias. No podía negarlo, pero que me hubieses llamado a mi casa tras estos dos años en los que te imaginé muerto, enamorado de una escritora famosilla, o vagabundeando en alguna ciudad pequeña donde nadie te conociese, me había hecho tanta ilusión que al colgarte tuve un terrible deseo de sacar la caja donde guardaba nuestras cartas y reelerlas todas una y otra vez. Era bonito sentir esa nostalgia al recordar a esa chica impertinente y resabida que las leyó por primera vez, la que te respondía señalando antes que nada las faltas ortográficas que habías cometido en tu escrito y te recomendaba impetuosamente que te leyeras esos libros pseudointelectuales para que pudiésemos discutir sobre ellos cada domingo. Me daba miedo que de aquella chica de la que te enamoraste ya no quedase nada, que te aburrieses de esa historia sin contenido ni propósito que era ahora mi vida y te acabaras compadeciendo de lo amargos que estaban siendo estos años para una chica que había tenido tantas expectativas a los dieciocho. Supongo que en el fondo, seguía enamorada de ti, aunque no lo hubiese creído nunca, ni siquiera cuando estaba contigo y te quería más que a nadie en este mundo. Quizás mis negaciones a creer en el amor verdadero no fuesen más que simples nos rotundos a alcanzar una felicidad plena de una forma tan simple y descarada como emocionarme al verte sonreírme desde lejos o leyendo versos tan bonitos como aquellos que me enviabas. Era estúpido que una chica que se había sentido tan sola durante los primeros años de adolescencia no pareciera experimentar una absoluta convicción de que el amor era lo único que nos podría salvar de un mundo tan artificial y nauseabundo que me había hecho llorar cada noche desde los once años. Sin embargo durante toda nuestra relación, me había sentido con una especie de dominio, o poder sobre tus sentimientos, y eso, por primera vez en mi vida me devolvía una seguridad en mi misma de la que ni yo misma me creía capaz. Suena pretencioso pero me creía superior a ti, o al menos, alguien mejor para llevar una conversación interesante sobre cualquier tema de actualidad. Te hablaba de la asquerosa predominancia de EE.UU frente al mundo, de ese infierno terrenal que estaba siendo la Postmodernidad, de lo terrible que me parecía la relación de absoluta adicción y necesidad a todo ese mundo necio y trivial al que nos estábamos sometiendo con las nuevas tecnologías. Te sentía respirar, seguramente escuchando mi discurso preconcebido tumbado en la cama imaginando mi cuerpo desnudo junto al tuyo, pensando que mis labios eran los más finos y delicados que habías visto en tu vida y que mis pechos tenían la redondez perfecta que siempre habías buscado. Seguramente desearas que dejase de hablar, que sólo respirase o lanzase una risa nerviosa de chica enamorada, que te dijese que por favor, vinieses a mi casa el fin de semana porque me daba miedo estar sola y quería pasarme los días encerrada en mi habitación contigo. Pero tú que eras mucho más complaciente y admirable que yo, escuchabas heroicamente mis discursos de chica que alardeaba de ver documentales de la BBC y de escuchar jazz americano puro de los sesenta, y afirmabas todo cuanto decía para acabar alagándome con todo eso que a todo el mundo le gusta escuchar, 'eres la persona más interesante que conozco', 'qué suerte tengo de que alguien como tú esté conmigo' o 'me encanta escucharte y que me cuentes todas esas preocupaciones tuyas, me haces mejor persona, gracias por existir mi amor'. Realmente mi gran ego necesitaba escuchar todas esas frases agradecidas que me dedicabas para convencerme de que no estaba equivocada y que no sólo podía ser alguien que valiese la pena sino que para una persona en el mundo yo era algo más que eso, era su persona favorita y podía cumplir todos mis sueños y expectativas vitales, porque alguien me iba a animar a ello. Por eso, aquel noviembre en que decidiste que lo mejor era que no nos volviésemos a ver no pude creerte. Tú estabas profundamente enamorado de mi, admirabas mi forma de pensar y ser frente al mundo, estabas orgulloso que una persona que había leído 'Anna Karénina' a los dieciséis te hablase del gran parecido que tenías con ese Vronski del que apenas sabías nada. Creí que te arrepentirías a la semana y volverías a llamarme para pedirme disculpas como otras veces había pasado, y yo, encantada, te perdonaría y volveríamos a la absurda relación casi fraternal que tú me inspirabas. Aún hoy, me recuerdo como una niña caprichosa e insolente que creía que el amor era una especie de batalla dialéctica y cultural y que sólo existe en cuanto quien gane esa batalla someta al otro. Era estúpida, esa necesidad constante que tenía de parecer siempre mejor persona y más instruida que tú, aún sabiendo desde siempre, que mi actitud no era más que un alarde adolescente tardío de parecer que era quién siempre había querido ser. Por eso, aún dos años después de nuestra última conversación en la que yo merecidamente me quedé llorando sola en un banco mientras llovía y mis labios no dejaban de temblar, sentí la absoluta necesidad de verte, de pedirte perdón,  de besarte en cada centímetro de tu piel, volver a pedirte perdón, hablarte del daño que tu ausencia me había hecho cada día que no estabas, y suplicarte que te casases conmigo en mi habitación esa misma noche o mañana por la mañana en una parroquia feucha con un párraco que tartamudeara y nos mirara como si fuésemos el enemigo, pero que por favor te quedases conmigo, en mi cama, en mi cocina, viendo cualquier película de Fellini en mi salón los lunes por la noche, pero que no te fueras de mi vida, que no me dejases esperando toda una vida a que volvieses otra vez a la ciudad, o esperando una llamada tuya contándome lo feliz que eras con tu nuevo trabajo y lo preciosa que era la chica con la que estabas empezando a salir. Así que cuando te vi salir de ese tren y dirigirte hacia mi con los ojos vidriosos de emoción, sentí que el amor era eso, eso que yo siempre había dicho y que leí en algún libro de no se quien, el amor es siempre ver volver, el amor es que llegues a ese punto en que estás terriblemente segura de que en tu vida sólo llegarás a ser mediocremente feliz, y, de repente en una estación de tren todo vuelva a tener sentido, la vida, el amor, los sueños, una casa común, un coche compartido, una boda que siempre detestaste y hasta el capitalismo. 

27 de noviembre de 2012

Invítame a salir.

Tu voz se entrecortaba al otro lado del hilo telefónico, mientras yo, desnuda en la alfombra de mi habitación, pintaba con retulador frases estúpidas en donde sólo había polvo. A los quince segundos de oírte llorar, dejé de escucharte y empecé a hablar con el techo de todas esas miles de millones de personas, que en ese mismo instante estarían pensado que la vida es una maldita y jodida mierda que no sirve para nada, más que para vivir como estúpidos. Pensé que estaría bien conocerlos a todos, invitarlos a casa, y entre botellas de ron y conversaciones de literatos suicidas exponer nuestra asquerosa visión del mundo y sus derivados. Seguramente, me acabara enamorando de alguno de ellos, quién sabe, quizá un poeta o un músico perdido al que jamás se le ocurriese acabar llorando por teléfono sin antes correr hasta mi casa para que llorasemos juntos tendidos en la terraza de la cocina. Tú no parabas de gimotear palabras inaudibles, llorabas como un niño caprichoso que acaba de tirar su chupachups al suelo y quiere otro inmediatamente. Era asqueroso, pensar que en alguna parte de esta ciudad, habría alguien moqueando a un teléfono, como si la muerte estuviese tan lejana que las caricias fuesen secundarias. Me precipité reptando hasta el radio cassete y puse a alguno de esos grupos punks británicos de los ochenta que tanto odiabas. Siempre me hacían sentir bien. Bailé desnuda enfrente del espejo e imaginé que detrás de él, me esperaba mi verdadera vida, la que no me había atrevido a vivir, alguien susurrándome en la espalda y acariciándome el pelo. Qué idiota parecía encarcelada a ese cable telefónico enrollado en mis caderas, era estúpido destruir una noche hablando con un aparato idiota que tartamudeaba. Arrojé el teléfono contra el espejo, en un intento funesto de conocerme. Quién sabe si en la zona de congelados, detrás del cristal del autobús, entre el pasillo F de la biblioteca, o en un banco de Lavapiés. Todas las poetas que leía habían sido salvadas y escribían poemas de servilletas de bar. Yo sólo había querido que la chica que con trece años se encerró en el baño para escribir 'Felices los que eligen, los que aceptan ser elegidos', alguien le golpeara la puerta y la invitase a salir. A ellas las invitaban a salir. Quizás alguien podía llamar al telefonillo, al timbre y a mis sueños. Alguien podía escribir en la pared de mi cuarto 'Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo'. Ellas decían que el amor sólo puede existir entre poetas y yo imaginaba a un poeta pesimista buscando estrellas en el cielo de mi terraza. Aunque no existiesen, aunque nada existiese.

25 de noviembre de 2012

(ellas son) La lírica subterránea de las cañerías interiores.

Ellas son poetas y escriben sobre la muerte (o sobre la petite mort que no es amor ni es nada). Tienen rostro de poetas, ojos grandes, labios finos y escriben preguntas retóricas en los espejos de los baños públicos. Desde mi ventana, las veo todas las tardes en el banco del parque. Parecen tristes y desdichadas, pero en primavera inaguran los vestidos de flores para que, sin que nadie se de cuenta, el niño del columpio pueda vislumbrar sus bragas. Siempre me han gustado las manos de las poetas, tan frágiles y puras, que se diría que ellas no existen, que son sus manos las que tienen rostro, corazón e incluso alma (sobretodo alma). Aunque de esto último, no estoy muy segura. El cartero dice, que el alma de las poetas está en su coño, que es su coño quién llora, y quién escribe poemas de amor en la madrugada. Me parece lógico que sea así, al final y al cabo el siglo de los románticos ha muerto, y ahora el agua viene por cañerías. También dice que por eso sangran todas esas tristezas una vez al mes, que no es más que un mecanismo de purificación al que son sometidas todas las mujeres por riesgo de ahogamieto o muerte por aplastamiento. Pero quién sabe, no creo que el cartero se haya aventurado a besar el coño de una de esas jovencitas que leían a Poe antes de que sus rodillas sangrasen por culpa de la primera bici que tuvo el abuelo de niño. Me gusta verlas llegar al banco del parque desde la lejanía poética de una habitación de un cuarto piso que sólo huele a libros usados de la biblioteca. O que ni siquiera huele. Me gusta que me acaricien los senos, cuando las veo escribir en una pequeño cuaderno con algo ilustrado, quizá  pájaros o flores. A veces, imagino que escriben sobre mis sueños. O que me toman como la protagonista de algún poema suicida, en donde una pobre chica con miedo a volar salta por la ventana y cae al árbol del parque. No sé, supongo que es bonito pensar que una de esas chicas tan bellas pudiesen escribir sobre alguien tan miserable como yo. Me da miedo pensar que un día, en un alarde ilusorio de buscar una utopía, miren al cielo y se encuentren con los ojos de una pequeña vouyeour que se sabe sus lunares de memoria. No me gustaría que no volviesen nunca más, con sus faldas de seda y sus jerseys de lana, con sus zapatitos de lazo y sus calcetines de colores. Puede que ellas no lo sepan, pero me miran sin verme, y yo, a escondidas, lloro por sus manos. Al fin y al cabo, ellas son  mis poetas y me escriben sobre la vida (o sobre la petite mort que sobretodo es amor) para que no acabe tirándome por la ventana desde esta habitación tan oscura.

22 de noviembre de 2012

'The past is now part of my future'.

No eran ni las ocho de la mañana y ya estaba puesto ese disco de los ochenta que tanto te gustaba a los dieciséis. No llovía, no fumábamos, no habíamos leído juntos poesía desde el septiembre pasado, cuando aún creíamos en algo. Te grité que subieras el volumen, que bailásemos en la terraza, que despertásemos a toda la ciudad. No me escuchaste, tus pupilas seguían encadenadas al tocadiscos que no había dejado de girar desde la noche anterior. Supongo que pedías auxilio a la canción que te salvó de una adolescencia muerta, supongo que esperabas que otra vez, te sacara de toda esa mierda, te azotara, te hiriese hasta que las pupilas aprendiesen a sangrar. Todo esto lo he vivido en alguna parte, pensé, tiene que ser la puta reencarnación, la jodida reencarnación budista y todo ese rollo de que la vida siempre comienza una y otra vez. Te había visto con la mirada perdida tantas veces cuando escuchábamos esa canción, que me parecía una especie de rito, una religión absurda a la que me tenía que aferrar mientras necesitase tus abrazos de madrugada. Me acerqué a tus labios y te tararee el estribillo con ese inglés madrileño que se enseña en los colegios de monjas, 'heart and soul, one will burn' te susurré una y otra vez, 'heart and soul, one will burn' esperando, desesperada, que uno de los dos muriese con la canción. Con el último golpe de la batería, te levantaste y cogiste la botella de vozka que rodaba por el suelo. Me fijé en tus manos, siempre tuviste unas manos bonitas. Me gustaba que se te notasen las venas, tan azules y violetas como un atardecer asustado.Todo tú me parecías un atardecer asustado, uno de esos que implora la muerte de esa luz artificial que no le deja tener sentido y existir caótico. No se si era por la resaca, pero me pareció jodidamente bello pensar en tus manos como un atardecer, en el momento en que seguramente el batería se acababa de suicidar en cualquier barrio marginal de Manchester. El vídeo de la canción, debería haber sido de tus manos, con el espacio de fondo, con todo el puto sistema solar girando alrededor de esas manos frágiles que me habían sujetado del pelo para que no huyese antes de tiempo. Te miré. No te diste cuenta de que no hacía más que mirarte buscando una conversación ridícula sobre lo mucho que me hubiera gustado ir a un concierto de esos tipos o sobre lo guay que debería ser vivir en Manchester y regentar un local de música para gente tan perdida como nosotros. Supongo que te miraba de esa forma porque tenía miedo, miedo de que la vida no acabase nunca después de una canción tan jodidamente buena como aquella, miedo de que después de esa canción, una chica con las tetas pequeñas y el pelo lleno de vómito te pareciese una puta mierda, una más de todas esas chicas mediocres que van a los conciertos de sus grupos favoritos para colarse en los camerinos. La vida, pensé, tiene que ser otra cosa que buscar una mirada y encontrar sólo párpados morados hastiados, destrozados de tanta vida que no fue. O quizás no. Me bebí un trago de vozka e intenté dormir un rato.  A lo mejor, incluso acabara soñando con uno de esos amores que imaginaba mi ingenua adolescencia. 

19 de noviembre de 2012

No habíamos sobrevivido y ni siquiera nos habíamos dado cuenta. No hacíamos más que alejarnos cada noche de ese arsenal de recuerdos futuros que el amor se inventa para existir, escribiendo versos desde la desesperación de una habitación que no cesa de expandirse, el techo y el suelo formando los límites religiosos de un universo decadente y terrible. No habíamos sobrevivido y ni siquiera nos escribíamos cartas porque tampoco eso tenía sentido si el destinatario era el otro lado de la ciudad y tampoco podíamos gritarnos pidiéndonos auxilio porque nuestras ventanas no se reconocerían. Nos habíamos olvidado de las infinitas direcciones que hay para perderse, inventando escondites que olvidaran esa ruina que llega cuando amanece y, al final, acababa por darles la razón, imaginando que todo eso no sería más que literatura inútil para chicas que leen a Pizarnik buscando respuestas. Sólo me quedaba oírte llorar con interferencias a las tres de la mañana de un domingo cualquiera, desde la otra punta de la ciudad. No podía ya, acariciar tus lágrimas, suplicarte con mis ojos sangrando en tus entrañas que pararas de llorar, que me dejaras al menos, absorber ese mar que crecía desde tu tristeza para ahogarme en él, como la última forma bella de morir en este siglo de mierda, como la última forma de morir. Ni siquiera tenía sentido pedirte que huyeras de esa habitación con vistas a la mierda que arrojan tus vecinos, que cogieses cualquier autobús que fuese al centro y corrieses hasta mi casa, que sonrieras al verme esperando en el banco de enfrente con un cuaderno entre las manos y una maleta entre las piernas. No tenía sentido suplicarte un billete de ida para dos, una ciudad donde la lluvia no fuese un paraguas, y la cama una cárcel donde mueren los poetas, un lugar lejos dónde la muerte fuese un poema y no una interferencia telefónica, y la vida fuese la vida y no los sueños estériles de una muchacha que no duerme de madrugada. Pero nada tenía sentido porque quizás yo estuviese loca y no fuesen más que tonterías de una chica que lee a Wallace a las cuatro de la madrugada, justo después de colgarte, y piensa que la literatura siempre hace la muerte más bella. Quizás sólo me quedase la necesidad estúpida de inventar hipótesis descabelladas para salvarme un poco de la angustia de existir sabiendo que soñar con las nubes, no me convertiría en pájaro.Quizás sólo la decadencia inútil de sabernos condenados a este refugio de palabras sin sentido.

13 de noviembre de 2012

No me salves. Quiero escribir en el infierno.

Yo había dejado de interesarme por la vida. Había vaciado todos los armarios de una habitación en llamas.Había lanzado por la ventana todos los poemas que alguien escribió sin saber que yo los leería. Me había desnudado delante de un desconocido implorándole que me insultara.

Yo había dejado de interesarme por la vida y apenas había empezado a morir. Sólo veía mis manos sangrando, mi sexo tardío llorando, mis pupilas temblando como esos niños que empiezan a llorar desde lo negro del ojo cuando mamá está lejos. Sólo veía desde el espejo, la palabra muerte tatuada en mi cabeza rapada, esa muerte que no supe llorar por mi abuela, la misma que no sabré llorar por mi padre. 

La vida había sido un poema de madrugada, una tristeza mal contada, esa música que te imaginas sonando en algún tocadiscos de una habitación lejana.Y sin embargo, eso sólo era una gran cosa poética para enternecer nuestra existencia vacía, algo así como el ritual que decía Sartre que era el amor, después de todo hay que matar el tiempo.

Yo había dejado de interesarme por la vida y ni siquiera escribía ya que los veinte eran sólo para cobardes. Ya no entendía para qué el puente y la ventana, las cartas de despedida y la sangre en el papel, de qué servía una madre rezando cada noche la adolescencia muerta de su hija. La muerte en la muerta es sólo evidencia, escribí, la muerte en la viva sólo poesía inútil, pero dónde hay algo menos inútil que la poesía. 

Yo había dejado de interesarme por la vida y le vomité en la cara.Le imploré que no me salvara, que me dejara ahí tirada en plena calle, en ese infierno de frío y odio, de noches que no acaban y muerte que no llega. Cambiaba la vida por ese infierno si al menos en ese infierno me sentía existir. 

9 de noviembre de 2012

La muerte es una habitación sin goteras.

Quiero leer a Virginia Woolf esta noche. Que siga lloviendo y las gotas caigan desde mi techo. Quiero ahogarme en mi habitación, sentir la necesidad de salvarme, de nadar y nadar hasta que consiga un equilibrio  y no me importe pasarme la vida nadando. Quiero que llamen a la puerta. Morirme de miedo mientras oigo esos golpes suaves de alguien que me está buscando. Que entres, y me encierres en mi habitación para que no pueda escapar. Quiero que me tumbes en la cama, que cojas ese libro de mi estantería vieja y me leas susurrando cualquier fragmento de 'Diario de una escritora' hasta que me duerma. Quiero que me despiertes pidiendo que follemos, que follemos ahora que diluvia y nuestros gemidos acompañan las goteras, justo ahora que nuestros gemidos se han convertido en las goteras mismas. Quiero llorar implorando a una desconocida un abrazo. Comerme tu coño llorando y que empieces a quererme. El amor es algo así, dicen las chicas del barrio. Quiero que la lluvia no pare. Que mañana nos despertemos de esta orgía de palabras y siga lloviendo y llorando, y gimiendo y lloviendo y el metro sea un lugar un poco más viejo. Quiero recorrer las calles húmedas y volverme perversa. Subir al último piso de un bloque desconocido y pintar en el techo poesía de suicidas. Quiero la ciudad cuando llueve, correr por las avenidas evitando la multitud, mojarme las manos en el charco y pedirte que me escribas una palabra en la cara con el barro. Quiero estas calles que han retrocedido cincuenta años por la lluvia, estas calles repletas de señores con gabardina y sombrero, de niños con guantes y ojos tristes y señoras enfurecidas por la rotura de su paraguas. Quiero que me beses en la Gran Vía y que entremos a un cine perdido. Que me toques el culo antes de que la película haya empezado y sientas mi coño húmedo en el 'The end'. La poesía son estas bragas mojadas pidiendo auxilio. Quiero que volvamos a mi habitación. Que se haya inundado con nuestra ausencia. Que la vida sea nadar y nadar y nadar. Que las goteras nos ahogen y nosotras sigamos gimiendo como animales. Quiero que escuchemos música de otras épocas, la que escuchaba Virginia cuando tenía diecinueve. Quiero que me vuelvas a leer a la pobre Woolf. Que las paredes tiemblen por la humedad. Quiero enamorarme de la mujer que llenó sus bolsillos con piedras y se lanzó al río Ouse para ahogarse. Quiero verla a ella en tus ojos y morirme con ella, en una muerte entre páginas mojadas y esta cama triste.

7 de noviembre de 2012

Me desnudé en esa calle fría.
Nadie me vio sentarme en la acera, 
desabrocharme los zapatos,
arrojarlos a la acera de enfrente, 
para que se ensuciaran con el barro.

Hubiera sido tan fácil tentar a la suerte,
quedarme dormida en el asfalto
esperando un abrigo, una mano, unos ojos extraños.

Permanecí quieta en esa calle fría.
Aún no eran las tres y la ciudad ya estaba vacía, 
no había parado de llover en toda la noche,
la muerte y el viento balanceando a unas gotas 
que intentaban ahogar a una ciudad dormida.

Hubiera sido tan fácil implorar a la vida un final inminente,
 la poesía dulce y dolorida de una piel rosada y joven,
el secuestro a plena noche de una chica
 que lee a Sylvia Plath desnuda en un charco.

Hubiera sido tan fácil, que aún recuerdo lo que no pasó,
la muerte prematura de una piel morada por tanta noche,
por tanto frío y tanto hastío,
la muerte lenta y silenciosa, sin testigos ni farolas
una caída desde un tercero en pleno suelo.



28 de octubre de 2012

No había un lugar para el amor.No existía esa palabra más que en un inalcanzable deseo de llegar a una cima inexistente. Todo lo que podía hacer era huir, sólo correr  lejos de ese hastío de palabras y tiempo muerto. No había un lugar para el amor, me repetía en ese asiento podrido de un vagón cualquiera de la línea 9. ¿Cómo iba a existir esa palabra desafortunada si ni siquiera era posible el infierno?. Leía a Hesse y su misticismo oriental, esa filosofía espiritual que no era más que el asco de ser algo que no puedes encontrar. Qué puta mierda, haber llegado a la cima y no entender qué significa. Qué puta mierda viajar en el metro, leyendo filosofía oriental sabiendo que no voy a dejar de escribir cartas de amor desesperadas para  fingir que aún puedo creer en algo. ¿Cómo iba a haber un lugar para el amor, si habíamos matado esa palabra para que el odio también muriese?.

26 de octubre de 2012

Quizás el tiempo siempre pasa aunque uno no se atreva a mirar el calendario.

No hacía falta haber leído las obras más importantes de la literatura, o ser de esas personas que viajan a New Orleans para comprar en viejas tiendas de música vinilos de jazz ya olvidados. Tampoco hacía falta leer poesía antes de acostarse, ni tener un carnet de cine y ver películas en versión original, para darse cuenta que resultaba imposible que la chica que escribía notas suicidas a los trece no se enamora del chico que se había escapado de casa el año que empezó el instituto para ir a un concierto de Bowie. Ni siquiera hacía falta haber leído 'Guerra y paz' para entender que la chica que se había pasado la adolescencia creyendo que cómo los hombres eran todos igual de estúpidos y aburridos que su padre, (y que cómo no lograría enamorarse de ninguno) se volvería lesbiana por rebeldía e indignación pero sobretodo para matar a su progenitor de una manera más rápida y menos dolorosa que los sueños que acudían a su cabeza en algunas noches placenteras. Resultaba jodidamente imposible que la chica que se había pasado todas las tardes desde su inicio sangriento en la pubertad escribiendo relatos cortos sobre sus miedos en pequeños cuadernos que coleccionaba para justificar a sus padres su prematuro funeral, no hubiese enloquecido con el chico que llevaba un pendiente en la oreja y que había robado un coche una vez sólo para destruir lo moral que habitaba en todo lo que le rodeaba.

Cómo no iban a acabar encontrándose en el metro, tropezando casualmente y fingiendo que el encuentro era inesperado. Cómo iba a ser casualidad que les gustara  inventarse de nuevo, chocándose entre todo ese bullicio de gente, invocando ese pequeño ritual del primer día que se reconocieron sin conocerse, mirándose como dos locos que habían recuperado su locura. A ellos les parecía sólo un juego eso de andar por el andén saltando de un lado a otro desafiando a la vida o a la muerte o a todo eso del destino que nunca habían entendido muy bien en qué consistía. Sólo era un juego más eso de que en dos minutos llegara el tren y él siguiera allí abajo, mirándola fijamente mientras preguntaba qué estaba dispuesta a hacer por él. Era escalofriantemente bello para ella, mirarle mientras él con sus grandes ojos sin color, contaba que toda su vida no era más que un juego macabro, un jodido juego macabro más, que su adolescencia había consistido en colarse los domingos por la mañana en funerales con su banda de punk mal hecha para cantar a toda esa gente estúpida cosas como 'ese muerto jamás lloraría por ti, inútil'.

Pasaban la vida escondidos en la habitación de esa chica triste que tenía carteles de 'Blow Up' y 'Más allá de las nubes' para que quedara constancia de su admiración por Antonioni. Las tardes volaban mientras ellos escuchaban aquel disco nuevo que ella acaba de comprar, algo como los 'Perfume Genius' que él tanto tanto odiaba porque no se los había enseñado primero en un alarde de snobismo adolescente. Era bonito hacer el amor con aquella canción,' I will take the dark part of your heart into my heart' pensaba ella, mientras se lo susurraba a él en su oreja en un lento gemido incandescente. A, veces, incluso, cuando se escuchaban pequeñas goteras deslizarse por la ventana, se sentaban desnudos y exhaustos en la cama a esperar que lloviese, que lloviese mucho, que se inundara la pequeña habitación, y la lluvia les arrastrase a cualquier otra parte. Ciertamente, nunca llovió lo suficiente como para que se imaginaran nadando entre el mar de esa habitación que era un pequeño museo cinematográfico, con todas aquellas películas flotando desesperadas, esperando la salvación o la muerte, siempre la salvación o la muerte. Al final, las gotas siempre se cansaban de suicidarse en vano, y elegían la evaporación para desaparecer de una ventana tan sucia y tan triste como ella. 

Se habían prometido tantos inviernos reguardados en sucios portales de todas las ciudades del mundo, que era imposible que la idea del final tuviese sentido. Era imposible no pasar todos los años de su vida calándose la piel con toda esa lluvia abrasante que llega cuando menos te lo esperas. Imposible no gastar los años que aún les quedaban escondiéndose en habitaciones oscuras, con música triste tocándose entre sus piernas, con paredes vibrando todo ese ritmo decadente de unos cuerpos débiles que sólo intentan amar. Quizás el tiempo no pasase en aquella habitación o quizás la inexistencia de relojes o de cualquier instrumento que indicase el comienzo y el final de un período bastase para aniquilar la idea del tiempo. Pero seguramente en esos días extraños en que era necesario salir a la calle para comprar el pan o para ir a un pequeño concierto de experimental, el tiempo volvía a existir, volvía a tener forma en las paradas de autobús y en los supermercados aunque prefiriesen no darse cuenta de ello. Aunque prefiriesen fingir no acordarse de que esa luz que se colaba por las persianas y que los despertaba por las mañanas sólo era la siniestra y silenciosa advertencia de que la muerte no había dejado de existir. Aunque prefiriesen contar sólo los días de lluvia, esperando que eso significase que la vida sólo había estado allí, mojada, confusa, como un paraguas roto (que no quiere ser uno más de todos esos paraguas que se chocan, y se pierde de la realidad) en cualquier esquina de la ciudad.

23 de octubre de 2012

La belleza es verdad sólo si duele.

No queríamos amanecer. Ni devolvernos al tiempo y sus tristezas. No queríamos retroceder cien mil años y volver a buscarnos en las calles de esta maldita ciudad dónde todo había muerto. No queríamos existir de esa forma estúpida e inhumana, los relojes, los sostenes, toda esa literatura inútil que invadía mi cuarto. La vida estaba empezando otra vez en estas paredes, en estas paredes sucias llenas de poemas tristes que no habían servido para nada. La Vida, con mayúsculas, en habitaciones que olían a semen y a amor desesperado. A bragas que volaban por el cielo de una ciudad atormentada, a caricias con la lengua y a palabras con las manos. El amor no existía. Lo había escrito en el techo, en los baños, en las paradas de autobús dónde nadie espera nada. Me lo había tatuado en el coño y en la teta izquierda que siempre intuimos que aguardaba un corazón desolado. Lo había gritado borracha a las tres de la mañana de un lunes, lo había dibujado en los espejos dónde nunca quise verme, incluso había leído el poema más bello del mundo arañando esa frase hasta rendirme.

Y de pronto, no quería amanecer. Quería vivir o morir, pero nunca volver. La muerte se tornaba hermosa entre estas sábanas. El universo más pequeño del mundo implorando existir y ser algo más real que todo ese mundo absurdo que se colaba entre las persianas. Un universo que no era más que sábanas ocultando nuestro rostro, sábanas recorriendo nuestro cuerpo sudoroso y jadeante, sábanas que nos envolvían y nos  separaban, que nos ocultaban y nos silenciaban hasta hacernos uno. Las sábanas transpiraban en nuestra piel, y el oxígeno era cosa de ese otro mundo tan alejado como irreal. Todas las leyes de la física, la biología, Newton, Pascal, Einstein suicidados por nuestra atmósfera. Sobrevivimos a base de esos suspiros pegajosos, inhalábamos placer y dolor a partes iguales hasta devolvernos a la esencia de lo que nunca seríamos lejos de estas paredes. No queríamos amanecer y sin embargo el mundo podría haber explosionado en ese instante entre todas esas cosas hermosas que merecen destruirse antes de que el tiempo las devore. Mi sexo en tu sexo, abrasando nuestra alma, desnudando nuestra piel hasta que la mera existencia fuera sólo un deseo. Sábanas con goteras, habitaciones sin aire, muerte entre caricias El amor deseando amar, que diría el poeta. Y al fin la vida sólo tristezas y sexo. Toda esa belleza que sólo existe si duele.


19 de octubre de 2012

Busco lo absoluto y encuentro la nada.

Desde mi cama el atardecer es más lento, más doloroso. Se acerca a mi ventana como esas niñas del pueblo que recorren el monte en bicicleta y llegan a casa cansadas, hastiadas de tanto camino, de tanta nada. El tiempo que no es ningún niño, escribí en mitad de algún cuaderno esperando que alguien me recogiese de esa tristeza que es la no esperanza y me devolviese al tiempo de la infancia, a buscar moras por el campo y hacer mermelada, a vender pulseras de margaritas a cinco pesetas en la plaza del pueblo. Llevo sumergida en poemas tristes de otros tiempos toda la tarde, y, al fin, todo oscuro, otra vez. Los días se parecen todos entre sí, la vida se parece mucho entre sí, que dijo aquel poeta muerto. No espero llamadas, ni visitas, ni siquiera espero ya, algún recuerdo de más. La juventud me ha hecho más vieja y más solitaria, más agnóstica y anárquica, escéptica de todo y de todos, subrayando frases trágicas en libros inmortales, sonriendo a la caída de la noche como un borracho que se sabe protegido de la luna y el olor a cerveza de su chaqueta mohína. El tiempo, la nada, el amor, cómo sobrevivir al invierno en invierno, cómo inagurar el invierno que me nace de dentro más que del calendario. En estos días leo mucho a Umbral, esa melancolía tierna del adolescente triste que fue, ese adolescente tímido y desolado que escribe versos sueltos para encontrar la belleza y la verdad como ya hizo Juan Ramón. Me leo en Umbral, en su prosa oscura, herida, belicosa y adolescente. Me leo en estas páginas amarillas, y puedo verle en una noche temprana como hoy, escribiendo mientras consume el cigarro que le envuelve, esperando que al fin la vida sea eso emociones juanramonianas de adolescencia. Yo no se muy bien qué espero, no tengo ya adolescencia ni ganas, y esta juventud defectuosa no es más que vacío y días en los que recorro las hojas en blanco escribiendo muerte por todas partes. Todo esto no me salva, la literatura de noche, la poesía de tarde, las mañanas en las que no soy más que un esqueleto que asiste como una espectadora ingenua a esta vida que me acompaña. Todo esto no me salva, si bien me sana, me acaricia o empuja, me susurra o grita, me hace un poco más viva, pero no me salva. Yo no elegí esto, he escrito muchas veces, yo no elegía la vida, esta estancia desierta, esta cena podrida reflejándose en el televisor. Yo no elegí estos domingos sucediéndose como una repetición macabra de mis pesadillas, la alarma a las ocho, el metro a las nueve, la comida a las dos, de vez en cuando una película antigua que me reconforte, y las noches suicidas en las que siempre espero algo y nunca encuentro qué. Tengo un cáncer sentimental en el pecho derecho que nadie me toca, un cáncer feroz que me viola por dentro, y me deja desnuda, indefensa, sometida a esta palabrería insana que me convierte en algo amargado por podrido. No quiero dormir, no quiero leer literatura muerta, no quiero escribir lo que ya escribieron ellos, Sylvia y su suicidio, Sartre y su existencialismo, Miller y su sexo y su tristeza. Todo lo que pueda sentir, ya lo han sentido ellos mucho antes, toda esta tristeza barata de niñas que  leen en bragas a Dostoyevski y se fotografían desnudas con el libro entre sus senos. Solo quiero buscar, sumergirme, nadar, aunque no sepa muy bien por qué busco, por qué me sumergo, por qué nado. Lo buscado se diluye en la búsqueda. También yo quiero diluirme en ella, ahora que es noche profunda.

18 de octubre de 2012

Amar es volver.

Y volvíamos a las calles estrechas, al cielo oscuro y el caminar despacio, a los pensamientos trasnochados de media tarde, a esa lluvia de paraguas y renuncias, la melancolía espesa y brumosa de la salida del cine. No nos mirábamos de frente por miedo a hacernos daño, a herirnos con los ojos, esas pupilas grandes e inmóviles que se quedan calladas y rígidas esperando la calidez de un abrazo, de una palabra serena, la dulzura inmediata de unas manos que acarician por inercia. No nos mirábamos, y sin embargo nos entendíamos en el paso lento y cansado, ese itinerario de barrios viejos, avenidas pequeñas, casas bajas y niños tiritando, esperando que mamá saliera del super con alguna chocolatina para volver a casa. Había vuelto el frío seco de finales de octubre, un frío como de pueblo castellano, un frío árido, áspero, agotado de tanto tiempo y abandono, un frío que nos azotaba la cara y se colaba en nuestro jersey de cuello vuelto y mangas largas. Un frío solitario, que olía un poco a muerte y a venganza, como si la ciudad casi helada, fuera ya inservible, un deshecho del verano, o un deshecho de nosotros, que nos habíamos convertido en algo peor que este frío que aniquilaba el bullicio del centro.Ya no nos besábamos en el cine, ni nos mirábamos de reojo cuando el siempre entrañable Jack Lemmon recitaba las palabras eternas de amor a la dulce Shirley, y uno no sabía nunca dónde acababa la ficción y empezaba la vida. Ni siquiera habíamos fingido un beso torpe y a regañadientes en los tres segundos del 'The End' aunque sólo fuera para sabernos en labios ajenos. Todo se había helado, la acera, mis manos, tus ojos. Parecíamos fugitivos que intentan permanecer unidos para no morir antes de tiempo, o presos políticos de ideología adversa que acaban siendo hermanos mientras esperan el disparo final. Quizás tan sólo éramos las víctimas suicidas de ese amor que veíamos en el cine del barrio. Esas películas en blanco y negro con finales apoteósicos que enmudecían a esa adolescencia tierna que espera y busca la grandeza, y sueña con los ideales, siempre un poco snobs y alejados, con los que se mete en la cama y no duerme. Siempre volvíamos a las calles estrechas, al cielo oscuro y el caminar despacio. Siempre volvíamos. Quizás todo se resuma en eso que una vez leí en un libro viejo, amar es siempre ver volver.


17 de octubre de 2012

El sexo del verso.

No hacíamos el amor, ni siquiera nos queríamos. Todo era una suerte de lirismo trasnochado, de poesía pornográfica, la dulce adolescente de pezones rosados que piensa en literatura mientras te sujeta la polla. No hacíamos el amor, apenas se asomaba herida, malformada, esa palabra sagrada. 

Leías mis versos en la cama, desnudo, erecto, urgente. Leías mis versos, y me tocabas una teta entre cada coma. Me besabas después del primer poema, con las palabras que yo había escrito años atrás, sujetando tus labios. Me besaba a mi misma en tus labios, besaba las palabras que escribí, todo eso que había ocultado en ese tiempo oscuro en que a las chicas nos crece pelo en el coño.

Susurrabas mi historia, recitabas mi inútil melancolía precoz. Te ponía esa decadencia tierna, preadolescente, esa tristeza vacía de una niña que no sabe muy bien por qué le crecen las tetas, porque mancha las bragas de sangre, porque en clase los chicos parecen tan estúpidos.

No hacíamos el amor, ni siquiera nos entendíamos. Nos limitábamos a permanecer desnudos, el uno encima del otro, acariciando nuestras cicatrices en una suerte de reconocimiento extraño, primario, atemporal. No hacíamos el amor, apenas encontrábamos un resquicio de nuestra alma en este ritual casi místico, ascético, mortal.

Sólo era eso un ritual, el sexo amenazante, la niña que se quita las bragas, que besa tu miembro y que más tarde escribirá que Dios ha muerto en un libro de Nietzsche. Sólo era eso, la eterna búsqueda, el eterno reencuentro de uno mismo con lo que fue, la chica que soñaba con volar reencontrándose con aquel sueño, el hombre que había dejado de soñar, reencontrándose con unos muslos sin varices que le devolvían a otros tiempos.

No hacíamos el amor, ni siquiera se si eso existe.

delirios

me destapo a medianoche sintiendo tu angustia,
palpo tu dolor en mi pecho sudoroso, 
oigo tus gemidos en las lágrimas que acarician mi coño, 
reconozco tu pesadilla en este cuerpo desnudo que tirita de frío.
'no temas', intento gritarte desconsoladamente
 desde el epicentro de estas sábanas que habito,
'no temas, no huyas, no sufras', 
pero mi boca débil sólo puede temblar, 
arrastrarse en esta inmovilidad de sílabas inertes, 
en esta muerte prematura de palabras que no nacen.

Y yo aún estoy.

Todos se van y yo me quedo. Le veo alejarse desde la ventana de esta casa en llamas. Huye de este martes cualquiera, de este estercolero de memoria y tiempo perdidos, de esta levedad insensata que son los recuerdos, esa cosa mustia y podrida, de lo que nadie quiere recordar. Perdí su silueta antes de haberme apresurado a imaginar dónde acabaría esta noche. Con que sábanas despertaría mañana, cuántas ventanas acariciarían su tristeza, qué manos tocarían su pelo hasta el sueño.

Me cosí a las sábanas dónde ya no duermo, me rendí desnuda a esta habitación sin vistas, me arañé las tetas que ya nadie toca. Tengo agua en los zapatos, heridas en las manos y las bragas manchadas de sangre. Cuento los años que me quedan en los libros que aún no he leído, esa vieja lista que me obligué a hacer para tener algo en lo que refugiarme cuando apagara la luz.

Lo veo en el espejo, el cristal del autobús que siempre me lleva donde no quiero ir, en los ascensores, los lavabos sucios, ese charco que me invento para no someterme a este invierno que nunca llega. Me prostituyo en todas esas notas suicidas que dejo en servilletas de cafeterías vacías. Me invento tu nombre, mis miserias, tus dramas, mis miedos, tu huida y cuento los puentes que hay en esta ciudad  dónde aún podría ahogarme sin funeral.

Sufro de ausencias, de buzones vacíos, camas desérticas, muerte devorando miedos, y miedos devorando las paredes de una casa ya en ruinas. Sufro de ausencias, niebla en la habitación, suciedad en la cocina, un suelo aniquilando mis pasos, viejas puertas encerrándome a oscuras. Sufro de ausencias, me desnudo en la noche, me tatúo dolor en los párpados y escribo a la muerte que mece esta adolescencia que ya nació muerta.

Todos se van y yo me quedo. Y ya no importa la casa, la ventana, las llamas, la memoria, el tiempo, el recuerdo, la noche, la tristeza, la herida, la huida, los libros, el espejo, el invierno, las notas, los miedos, el funeral, la ausencia, el vacío, la cama, las ruinas, la niebla, el dolor. Ni siquiera importa ya, la muerte dónde yo me quedo.


12 de octubre de 2012

Pienso en la muerte y hablo de amor.

Éramos jóvenes y sólo pensábamos en la muerte. Nos escondíamos en sótanos repugnantes a contar historias trágicas sobre chicos que se habían suicidado antes de los 21. Me daban miedo las ratas que se acercaban a mis zapatos, y siempre acababa lanzando un grito ahogado a esas paredes mugrientas. Tú te reías, y yo sentía más miedo y atracción por ese chico valiente que me había enseñado a huir. Recuerdo lo aterradora que me resultaba tu risa en esos momentos, como el eco la hacía vibrar por toda la habitación hasta espantar a esas asquerosas ratas moribundas. Me parecía tan fascinante haber encontrado a alguien como tú en la ciudad, que ni por todo el miedo del mundo hubiera dejado de ir a nuestro sótano cada tarde. Al final, siempre acababas besándome para que no llorara demasiado por todas esas historias tristes. Me cerrabas los ojos, me sujetabas la mano, y me pedías que escuchara, que allí estaba ella, precipitándose sobre nosotros. Nos amábamos en la decadencia de ese cuarto oscuro con historias horribles colgando del techo. Me mirabas a los ojos, y te quedabas fijamente mirando cómo mis lágrimas se deslizaban por mi rostro hasta acabar muriendo lentamente en mi boca. Follábamos con la luz apagada y los muertos atrapados en las persianas bajadas.Luego me abrazabas tembloroso, con tu miembro aún erecto, y te quedabas oliendo mi pelo varios minutos. Nunca supe qué es lo que te enternecía de mi cabello, por qué te quedabas atrapado en él fingiendo que ya habías acabado. Ni siquiera sé por qué me acuerdo de todo aquello. Es curioso cómo recordamos detalles que carecen de importancia, y sin embargo no podemos acordarnos de lo importante. No puedo evocar tu rostro con exactitud ni tampoco entender cómo se me ocurrió seguir a un completo desconocido que se había sentado a mi lado en el cine. No entiendo cómo me colé en aquella casa vacía contigo, ni tampoco cómo me decidí a prender fuego a toda la estancia antes de salir corriendo y acabar en aquel bosque dormidos.Todavía hoy me preguntó que pasó con todo la inocencia fértil de aquellos cuerpos deseando amar. Todavía hoy me pregunto si seguirás atrapado en esas historias nauseabundas de chicos fracasados. El amor y la muerte. La muerte y el amor. Aún hoy los confundo.


30 de septiembre de 2012

La muerte es una sala de hospital a media tarde.


Veo morir el verano,como en una melodía dulce que sobrevive al desierto, como uno de esos cantos suaves que acaban convirtiéndose en una letanía triste de algo trágico que nunca acaba. La decadencia inútil de un desierto que añora el beso de la lluvia en su costado, el murmullo del mar entre sus piernas, raíces sanas creciendo entre su vientre.Veo morir el verano, y todo se vuelve más frágil. El cansancio de los días en la lentitud amarga de las noches. Lo amargo de una lenta agonía intentando sobrevivir al final.Veo morir el verano, y todo se vuelve más pequeño. La soledad se desquebraja en ese edificio en ruinas a donde van a parar las moscas suicidas. Todo sabe a muerte apresurada, a heridas en el costado, gritos desesperados implorando una eutanasia efectiva, un dolor lento en un final dulce. 

Aquel día fuimos a visitarla como cada tarde desde aquel agosto, pero ésta vez no sonrió al vernos, se limitó a girar la cabeza, y deslizar su mirada hacia ese pequeño infinito al que invitan las ventanas.Tenía la piel de ese color enfermizo que te araña los recuerdos, (ese color que se torna familiar, que has visto antes en los álbumes viejos, en fotografías empolvadas donde aparecían los abuelos de tus abuelos,esos seres que llamaban tu atención de niña porque te parecían inmortales.) Sus manos entrelazadas parecían esperar algo, o resignarse a la espera. Resignarse a la espera, supongo que es empezar a morir.

Imagino la muerte, como un verano desafortunado que pasa rápido y triste para morir en un invierno trágico. Una suerte de tornados, lluvias torrenciales, huracanes, relámpagos, heridos en carreteras siniestras, pueblos derruidos. Imagino la muerte en los ojos de esa mujer desesperada por la no existencia, implorando compasión, indulgencia, rogando la salvación en un rescate certero. Imagino a la muerte en los ojos de ese cadáver de mi abuela que vi en la sala nueve del hospital. Una especie de rastrojo humano sometido a esa asquerosa maquina artificial que pretende crear muerte donde solo hay un final.

La muerte llega, te acaricia, te habla con palabras dulces y serenas. La muerte te arropa, te dice que mires a esa ventana desde donde podrás ver el infinito, te susurra que existe la paz, un universo abocado al paraíso sino el paraíso mismo, una luz que no hiere ni molesta, el rumor de las olas golpeando lentamente entre tus párpados. La muerte llega, te araña, te grita desconsoladamente. La muerte te azota, te implora que mires a esa ventana desde donde podrás ver el infierno, te brama que existe el dolor, un universo abocado a las tinieblas, una oscuridad que no pregunta ni espera, el caos del mundo vociferando odio a tus oídos.

Veo morir el verano, y veo morir a mi abuela. Escucho a la lluvia desde la ventana del hospital. Enciendo la tele y veo tornados y tormentas devorando ciudades. Miro a mi abuela muerta, y pienso que quiero morir en uno de esos tornados que te azotan y te olvidan. Pienso que no quiero una muerte lenta, esa lentitud asquerosa que es la espera de lo que no dejan que pase. Abro la ventana, miro al cielo. Sigue lloviendo. Espero la tormenta definitiva, el dolor dejando paso a esa línea recta que es la paz. La calma después de la tormenta, dicen. La muerte. Del verano y de mi abuela. 'Yo que te he llorado antes de que tuvieras tiempo de morir'.















12 de septiembre de 2012

El infierno, desde aquí, parece un sitio confortable.

 Aún hace calor ahí fuera. Es noche cerrada pero el calor es insoportable. Me gustaría tener valor para pasear desnuda por esas calles que no transpiran, todo ese asfalto sudoroso, todas las ventanas del bloque respirando la misma bruma asfixiante. Alguna vez, antes del amanecer, me he sentado ahí abajo,en el banco de enfrente. Es angustiante escuchar todas las televisiones del barrio bociferando a la vez, pero por alguna extraña razón que desconozco me parece reconfortante. Será que nací en la generación perdida, y me gusta que me cuenten todas las mentiras que se puedan inventar sobre este mundo de mierda, todos esos gritos ahogados desde la pantalla del televisor, y abajo la calle tan solitaria que pareciese que el fin del mundo vienese programado desde esa pantallita.

 Sigue haciendo calor y eso lo convierte todo en algo más triste y real. Es desesperante, despertarte a las 3 de la mañana goteando un líquido asqueroso que te barniza toda la piel. Es desesperante, levantarte al baño, hacer pis, beber agua, limpiarte toda esa sangre incolora, volver a la cama y no poder conciliar el sueño otra vez porque a las jodidas pesadillas insomnes les gusta la medianoche. Pero aún no es medianoche. Sigue haciendo calor ahí fuera, y todo lo que hago es aprenderme estribillos tristes en inglés de canciones deprimentes de mierda. Supongo que es justo autodestruirme antes de que el mundo lo haga por mi. El mundo, trampa hostil de una verdad inerte.

 Pienso en que no quiero cumplir veinte años tan pronto. No tuve tiempo para ser niña. No tuve tiempo para correr detrás del tiempo, y ahora el tiempo no deja de abalanzarse sobre mi espalda. Me duelen los ojos de no ver, y las manos de todo lo que no tuve tiempo a tocar. Los atardeceres tempranos de la vida, el río que se expande ante tus ojos, todo esto será tuyo, dulce niña. La niñez me enseñó a caminar con los pies descalzos sobre la nieve. No guardo recuerdos para no escribir más historias nauseabundas. Me basta con reconocerme en las historias de infancias robadas que cuentan los libros que yo no leo.Supongo que el mar siempre fue demasiado infinito para unos ojos acostumbrados a una habitación sin vistas.

 No quiero cumplir veinte años, me repito una vez más. Me da miedo, me da miedo la caída al vacío. Que las preguntas irrumpan con más fuerza y las esperanzas yazcan ahogadas en este llanto inútil. Hace algunos años me convertí en una isla abrupta.Vivía en una ciudad tan alejada del mar, que me rodee por completo de aguas turbulentas y fecales. Supongo que a sufrir se nace aprendido, pero con los años se puede ir mejorando.Sobrevivir es un verbo inutil pero sufrir, un verbo desesperado. No creo que los dos sirvan para nada, pero me defino en ellos. Tampoco creo que ninguna de las cosas que se hacer bien, sirven para algo. 

 Me parezco a una mala imitación de una poeta suicida. O eso quiero parecer. Una imitación punk de una poeta adolescente suicida. Qué triste seguir atrapada en poemas que ni siquiera piden compasión.Ni siquiera creo en aquella famosa frase de Nietzsche. Ni siquiera la música me puede salvar. Escucho canciones que hablan de lugares fríos, a los que nunca he ido. It's so lonely in this place so cold I don't believe and as no-one knows my name. It's easy to pretend, it's easy to believe there's a shadow on my wall. It dances like my soul, dances like my soul. Pero aquí sigue haciendo un calor infernal, un jodido calor que te atrapa hasta que te quedes inmovilizado, convertido en una especie de parásito vomitivo que expulsa un hedor inmundo.

No escribas poesía, no escribas nunca poesía, no te conviertas en una de esas personas que se encierran voluntariamente para escribir que desean estar en cualquier otra parte. Ellos vomitan porque nunca leyeron poesía, tú escribes porque nunca vomitaste lo que te arañaba el estómago. Las ahorcadas te mutilaron, pero la comida podrida nunca quiso desprenderse de ti. Tus órganos están infectados de una basura asquerosa, eres repugnante, suerte que nadie puede mirarte por dentro. Pero nunca escribas poesía, vomita, vomita hasta que la rabia se apodere de ti, y te conviertas en uno de esos políticos, o funcionarios, o directivos de grandes multinacionales con dos plazas de garaje y pagas extra en navidad. Uno de esos tipos que leen siempre el mismo periódico porque tienen un bando por el que apostar. No escribas poesía, jamás te conviertas en un perdedor que no sabe expulsar su hedor.

Aún hace calor ahí fuera. Todavía no se quién pretendo ser. Estoy sudando, y no tengo sueño.






17 de agosto de 2012

Ventanas a ninguna parte.

Todo aquello de lo que quiero escribir está ya muerto.
El dolor acaba por convertirse en método de supervivencia.
Pienso en las ciactrices como pienso en la belleza de lo puro.
Duermo en mediodías que, silenciosos, se apagan lentamente bajo un sol insano.
Nada dura eternamente, escucho a mi espalda, pero pareciera que pudiésemos lamer sus sombras.
No tengo a dónde ir para rezar a mis muertos.
La sombra de lo eterno, las cicatrices del vacío.
Todo aquello de lo que quiero escribir está ya muerto.

16 de agosto de 2012

la muerte cotidiana de las cosas que olvidamos: el verano.

A veces, sucede que el verano es un lugar, 
que el tiempo sucumbió al dolor, 
y que mires por donde mires, 
te encuentras con la desesperación y la asfixia, 
mucho peor que el simple vacío de las cosas estancadas.

A veces, el verano es, algo así, 
como abrir el viejo armario del desván, 
oler aquella chaqueta de la abuela (la ves ahí, ahora tan rota y deshilachada)
 y someterte a esa tristeza fría y férrea, 
a esa nostlagia pura de las cosas que murieron olvidadas.

Algo así, como un viaje en coche 
a través de la tierra seca y astíada, 
por esos campos que te recuerdan que un día, no hace mucho, 
recogías amapolas y te escondías del viento a la sombra del castaño.

 Ya, ni siquiera la senda del río, 
el agua ha sido devorada, 
y tú has olvidado como llorar todas esas pequeñas muertes cotidianas. 
También tus lágrimas yacen ahogadas, 
sumergidas en esa tierra en que ya nada nace.

A veces, permaneces en el centro de un verano trágico, 
y haces de éste tu vida.
 Abres todas las ventanas de la estancia, 
y te dejas devorar por las miles de moscas 
que buscan ensordecer a algún loco 
a esa hora de la tarde en que nadie llama.





aún sangro

sangro recuerdos,
acuchillo despedidas en mis manos torpes.

me alejo indecisa por senderos de ortigas
hiero mis rodillas siempre tristes
y dibujo constelaciones en mi piel enferma.

sangro recuerdos,
vomito  recuerdos de trigo y sol.

me asfixio en tardes lejanas de campo
torturo mis pies pálidos con luces extrañas
y sonrío tristemente a un cielo arrepentido.





29 de junio de 2012

te olvidan tan fácil
sólo tienes que bajar las persianas
apagar la luz de la mesilla
desnudarte hasta que puedas sentir
las cicatrices del pecho

 cuando las heridas no sangran
y los muertos aún viven
cuando leer dejó de ser consuelo
y llorar dejó de ser consecuencia.

te olvidan tan fácil
sólo tienes que descolgar el teléfono
no llegar nunca a esa cita
esconderte entre las sábanas
y suplicar que aún te queden años






27 de junio de 2012

arrojo agua sucia a mis plantas, 
aborto sus pétalos
y escupo en sus semillas
para que no habite en mi
la muerte
más que en las
palabras que no digo.

apago la luz del pasillo
me escondo a oscuras en el baño
y quemo mi pelo con el mechero
puedo verme a través del espejo
aún respiro
aún siento 
calor en el pecho.


24 de junio de 2012



Bailaban todo el rato. 
Y las besábamos, 
porque llevaban vestidos bonitos 
y se pintaban los labios de morado. 
Y las tocábamos el pelo, 
porque no sabíamos donde poner las manos. 
Los chicos siempre son tan vulgares.
Luego cerrábamos los ojos,
 y escuchábamos esas canciones 
que nunca salían en la radio. 
Nos gustaba no saber sus nombres y olvidar sus rostros. 
Solo acordarnos de sus labios gruesos, su boca sórdida, 
esa lengua que te asfixiaba hasta querer morir en un jodido lavabo desnuda.



Mañana tocaría el telediario de las tres,
la moralidad de las comidas familiares en domingo, 
siempre soñando con ir a por el pan y no volver nunca. 
Pero aún eran las tres, y ahí estaban ellas con sus tatuajes en las tetas
 y su botella de alcohol en las manos. 
Qué frivolas y bellas, nunca dejaban de bailar.