29 de octubre de 2011

lo que más le dolía es que en el fondo no había razones para llorar.

25 de octubre de 2011

todas las palabras que no dijimos volaron lejos, muy lejos de aquí. no quisieron esperar a la madrugada asfixiada de promesas y anhelos, de viejos discos de jazz, de esta tristeza barata, nunca demasiado nada, del olvido y el cuchillo encima de la cama. ¿para qué huir, cuando nadie te espera?, ¿para qué este alargar algo que nunca existió? y luego está ese asqueroso deseo de escapar,siempre esperando que inunde la habitación para devolverme la dignidad perdida, mi nombre está ya muy gastado de que no sepas gritarlo. 
todas las palabras que no dijimos, que bien suena si lo lees en voz alta,si lo repites desde el fondo del pasillo, si haces como si nunca hubiese pasado nada al otro lado, en esta habitación que no se desnuda si no estás tú. pero que daño hace que te quedes ahí, leyéndolo como si fuera una novela barata de ésas que me regalabas los domingos de rastro. qué daño hace, que finjas no ver las comas, no saber que significan los puntos seguidos que acompañan a mi nombre, las iniciales de los sitios que nunca he visitado formando palabras que te susurraba sin que te dieras cuenta. qué daño esta soledad rebaladiza en medio de tantas vidas, tantas primaveras de violetas y amarillos. qué daño, todo este frío inútil, este vacío descosido, siempre frío,y lejos, y ojalalá esto fuera una metáfora.
como esa dolorosa espera mientras te desabrochas la cremallera de esos sucios pantalones o como la tristeza huidiza de enredarte las horquillas en el pelo y fingir que no intentarás hacerte daño esta vez. te dirás cada noche que está bien, que quizá mañana sea todo mejor, y te esconderás entre las sábanas para no mirar el reloj una puta vez más. te miraras fijamente en el asqueroso espejo del baño, ¿desde cuándo yo soy esto?, te cepillarás los dientes mientras intentas no reconocerte a ti misma entre tanta ropa mojada en el suelo y darás un portazo, un portazo suave, no querrás despertar a los vecinos.
era como esperar que alguien te quisiese, 
sin saber realmente porque aún no te reconoces en el espejo.

o como esperar que alguien te entendiese, 
sin saber siquiera hacia donde van todas tus lágrimas de madrugada.
estoy vacía.
completamente vacía.
me perdí hace tiempo
y nadie me ayudó a encontrar el camino de vuelta.
( ¿de verás existe un sitio al que pueda regresar?)

24 de octubre de 2011

quítate esos sucios zapatos, 
y corre descalzo por toda la ciudad.
y luego, todo ese  miedo terrible a verte avocado al fracaso de tu propia vida,
a condenarte culpable, víctima, y verdugo de ti mismo,
a esclarecer las causas de la derrota,
el desenlace final de un juicio invisible,
 las celdas y la soledad,
en la misma oscura habitación.

 y qué espantoso esperar la muerte, mientras apagabas la luz de la mesilla de noche.
como lentamente tus pupilas dejan de tener constancia de que existiese algo más allá,
algo ajeno a la tristeza de estas sábanas ásperas y este colchón agotado.



una noche más.

a veces me preguntaba si la gente también sentía esa desesperación.
si también tenía pesadillas sobre todo lo que no se había atrevido hacer,
esa infinita lista de cosas que escribes para no olvidarte que pronto será demasiado tarde.

23 de octubre de 2011

lo único que quería era dejar de fingir.
conocerte una noche en algún concierto y bañarnos desnudos en la playa.
que me dejaras tus libros favoritos y yo te contara porque ya no tenía miedo a la oscuridad.

lo único que quería era dejar de mentir.
imaginarte los domingos escribiendo cartas y leerlas el lunes en el desayuno.
que me cantaras tu canción favorita y yo te dijese eso de que el amor nos destrozará. (again)

lo único que quería era dejar de morir.
encontrarte en cualquier rincón perdido de la ciudad y comer helado de vainilla juntos en noviembre.
que me escribieras todo lo que nunca supiste decir y yo te callara susurrando un suspiro desesperado.

22 de octubre de 2011

yo era la chica que te miraba la nuca desde la última fila del cine, la que susurraba palabras de amor inertes desde un telefóno sin señal, la que pensaba en la maga a las tres de la mañana esperando que alguien me enseñara a nadar. era yo la que te sonría sin que te dieras cuenta cuando te subías al autobús enredado entre todas esas canciones que aprendiste a escuchar en la inocencia lejana de los doce o la que te esperaba a la salida de aquel concierto de absenta, vacío existencial y viejos roqueros que siempre estuvieron muertos. aquella que no podía dormir escuchando sweet jane en el viejo tocadiscos y rezando porque también tú la estuvieras escuchando en la otra punta de la ciudad, cantándola para mí aunque no pudiera escucharte. también era yo quién escribía para fingir que existías.o para soportar la ausencia y el rechazo, la renuncia o la despedida.o quizás para no querer negarme todo eso que me habían enseñado los libros. las asquerosas novelas francesas que leía a los diecisiete.o todas las jodidas canciones de poetas solitarios.todo eso de que en algún lugar tú y yo, una melodía silenciosa en mitad de una calle mojada, quizás un vestido rojo olvidado, tu suave piel erizándose escuchando los versos del viejo verlaine.

(sí era yo la que aprendió escribir para no ahogarse, o para que me abrazasen, o para que alguien tuviese algo por lo que amarme antes de que fuera demasiado tarde)
no recuerdo desde cuándo, ni tampoco el porqué. 
de repente un día estaba ahí, sola, sola, sola,
sentada en la vieja silla escribiendo en un cuaderno,
siempre de tapa gris, para no fingir más de la cuenta.
veía a las de más chicas ahí fuera desde la ventana 
y me preguntaba por qué yo no podía,
por qué yo no servía para eso, 
por qué no dejaba de esconderme
de todas esas cosas que se hacen para ser más feliz
o para sobrevivir sin todas esas mentiras que te atrapan.
a veces intuía las respuestas, 
y entonces no podía parar de llorar en toda la noche
sería como desempolvar aquella diminuta cajita,
aquel espejismo de otro tiempo
un recuerdo borroso
enredando en los albores de una memoria frágil
un viaje solitario y  lejano a donde no te espera nadie.
y seguramente no entienda nada de todo aquello
pero puedo sentir lo que sentían,
llorar lo que lloraban,
suplicar lo que suplicaban,
solo con recordar cómo murieron
lenta y dolorosamente
para que nunca se les helara el corazón.
esa necesidad inherente de que me abrazaran,
de que susurraran mi nombre en el instante preciso en que esa nube gris del fondo aprende a llorar.
abrazarme a tus ausencias,
condenarme entre esta impunidad malévola
de todas las cosas que no he tenido el valor de hacer.

morirme vagamente en esta cama,
entre estos días perdidos
y esta tristeza viscosa que derrama mi piel.
los domingos eran esos días en los que me gustaba llorar.
lo hacía despacio,
sosteniendo cada lágrima,
retrasando el instante de su caída,
de su huida,
de su viaje lento y silencioso hasta mi boca.

21 de octubre de 2011

con ocho años ya lloraba por las noches,
pero aún no me había dado cuenta.
con ocho años ya lloraba por las noches,
pero aún no me había dado cuenta.

solo se hablar de tristezas mal contadas.

hubo un tiempo en que ya no me quedaban más historias que contar. escribía tristeza por las paredes de mi habitación cada vez que recordaba como goteaba tu pelo entre mis mejillas aquella noche, hasta que llegó un día que toda la tristeza se acumuló y empecé a escribir minihistorias sobre lo bonitos qué eran los puentes de parís a medianoche para una mujer tan sola como yo.

otras veces me refugiaba pensando en todos los sueños tristes que estarían vagando por la ciudad en una noche como ésta. la gente no solía contar esas cosas,de la misma manera por la que nadie te enseña cuando es conveniente llorar en público. tampoco sabía por qué inexplicable razón la suerte siempre era un tren que llegaba tarde a la estación. había noches, incluso en las que iba a aquella cafetería del centro y deambulaba entre esos relatos que no dejaban de gritar mi nombre.

invierno

solía escribir la palabra invierno,
para convencerme de que ahí afuera también hacía frío
de que también se hacía de noche antes de tiempo
mientras alguien buscaba un corazón desesperado en donde quemar otro día menos.
algo así como querernos desde lejos,
desde ese miedo que une
nuestras respectivas soledades.
yo tenía miedo
de mirarme en el espejo
y sentir que ya no estaba allí.